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domingo, 3 de marzo de 2013

Los mitos

Los ídolos. Esos seres más imaginados que reales, en los que depositamos más de lo que, posiblemente, cualquier persona de carne y hueso puede cargar, en los que proyectamos, seguramente, todo lo que no alcanzamos a tocar con los dedos de las manos. 
Fernando Navarro, La Ruta Norteamericana.


Sucede hacia la mitad de la canción. Después de sonar el estribillo -he caído en todas tus trampas pero te llevo en el corazón-, y de esas inconfundibles seis notas de piano que recurrentemente van apareciendo en el tema, como para coger aire, brota un leve solo de guitarra, punteado sin estridencias, mientras los platillos que se suman al ritmo dan más vida a la canción. No es un solo complicado ni largo, las notas se van sucediendo con una armonía lógica, casi evidente, en cuya sencillez se encuentra su belleza. Entonces, mientras el último bending se apaga, aparece la voz de Quique González: Fuimos una delantera mítica, y lo entiendo pase lo que pase porque te llevo en el corazón.
A decir verdad, este momento condensa muchas de las emociones vertidas en un disco, Delantera Mítica, que amenaza convertirse en clásico instantáneo. No sé si será el mejor de la carrera de Quique González, puede ser, pero poco importa eso, ya que a niveles como en los que Quique se mueve es absurdo establecer jerarquías. El día que busques melodías de seda necesitarás Salitre48, cuando alguien te haya dejado algún vacío por dentro (o lo haya llenado) pincharás el Kamikazes y cuando, nostálgico, lo que quieras es recordar lo que fue, lo que ha cambiado, los amigos frecuentados, las chicas despedidas o, en fin, los mitos del pasado, será entonces cuando Delantera Mítica se convierta en el disco que necesitas, en la banda sonora de tu momento vital.



Intencionadamente me he tomado unos cuantos días para escribir sobre Delantera Mítica, los suficientes para memorizarlo, para buscar paralelismos en las letras, para juguetear con la guitarra por encima de las melodías, para oír otros discos con los que compararlo, asistir a conciertos para contrastarlo y pasear por la calle para dibujarlo. Me ha dado tiempo hasta de cansarme, airearme y después recuperarlo mejor, como si lo hubiera dejado cocinándose en el fuego. He acabado convencido de una verdad que en realidad ya sabía, pero que quería fingir desconocer para recibir lo nuevo de Quique González temblando como si fuera la primera vez, como si no fuera su noveno disco y no supiera con qué me iba a encontrar. Y esa verdad es que, en el oficio de los que hacen canciones, muy pocos tienen la habilidad de Quique González para emocionarnos una y otra vez con su música. El Quique de Delantera Mítica es más como siempre que nunca, un genio que nos demuestra de nuevo que su música tiene el techo fuera de este planeta. Grandes letras, como siempre, melodías memorables en las que César Pop y Leiva han tenido su parte de culpa, interpretaciones colosales de los subalternos, la voz de Quique en el punto álgido de su carrera y la inmejorable producción de Brad Jones, ese tipo que nos ha convencido de que si algún día queremos grabar un disco debemos hacerlo en Nashville. Junto a la pasión con la que Quique se entrega a sus canciones, estos son los factores que convierten Delantera Mítica en el disco mítico que ya es.


Pudiendo escucharlas, escribir de las canciones es casi una blasfemia, pero en este blog siempre hemos sido muy profanos. Tenía que decírtelo es un brutal comienzo rock para el disco, donde las imágenes cinematográficas se suceden entre los salvajes solos de guitarra y el no menos impresionante trabajo de Brad Jones al bajo. Esta canción es buen ejemplo del simbolismo que inspira todo el disco, con esas escenas de casinos, cines, vestidos de novia y striptease tan propias del imaginario de Quique. La fábrica es muy del estilo musical de Leiva y César Pop, una melodía directa y alegre con guitarrazos pop de altísima calidad, probablemente mi favorita del disco. Esa obra maestra llamada Dallas-Memphis es, hasta donde yo sé, la primera canción de Quique que incluye un guiño al baloncesto, deporte del que le sabemos muy aficionado ya que el disco está dedicado a un quinteto de lujo formado por los exmadridistas Raúl López, Axel Hervelle y Álex Mumbrú (ahora los tres en el Bilbao Basket), la también mítica Amaya Valdemoro y Asier García. Las tres de la mañana, Dallas-Memphis; esa frase me hizo quedarme el miércoles pasado despierto hasta las tantas para ver a los Mavericks contra los Grizzlies, Nowitzki contra Gasol, misión que no pude cumplir por culpa del sueño, lo siento Quique. En el disco también encontramos buenas píldoras de rock callejero como ¿Dónde está el dinero? y Viejos capos, una reflexión sobre la crisis eterna y otra, una vez más, sobre los ídolos y los mitos. Parece mentira es el Mary Jane's last dance de Quique, con una cadencia y un guitarreo muy a lo Heartbreakers. En Las chicas son magníficas Quique se marca la que para mi gusto es la mejor interpretación vocal de su carrera, aderezada con los coros de Zahara la de la voz dulce, que también acompaña en Me lo agradecerás -cuando te vuelva el corazón a su sitio-. La anteriormente conocida como Grupies eléctricas (de la que hablé aquí hace pocas semanas cuando, en mi ignorancia, desconocía que aparecería en Delantera) se llama aquí No encuentro a Samuel, que enlaza con esa historia de Quique con su perro Sam, Avería y Redención y las gafas de Mike. Bonita canción sobre la amistad con un perro que cuando su dueño le busca se larga de perras. No hagas planes emociona con su buena dosis de frases "lapidarias" -te roba un pensamiento y va atravesando el plano real- y unos arreglos ambientales místicos. En las postrimerías llega la ya referida Delantera Mítica, la canción para los amigos de Quique, honor del que todos los que seguimos su música nos sentimos aunque sea un poco partícipes, ya que él ha puesto la banda sonora de muchos momentos importantes de nuestras propias vidas. Cierra el disco la versión de uno de los ídolos de Quique, bendita costumbre que tras Diego Vasallo (La vida te lleva por caminos raros, en Avería y Redención) y Lapido (Algo me aleja de ti, en Daiquiri Blues) tiene por elegido al maestro, a lo que Quique habría sido de nacer en Minnesota, un tal Bob Dylan. Es difícil adaptar una canción del calibre de Is your love in vain?, pero Quique consigue hacerla suya y llevarla a su terreno con una instrumentación más sencilla y un sentimiento de trascendencia que pocos saben imprimirle a su música. El epílogo perfecto para un disco difícil de repetir.


Después de Delantera Mítica es difícil distinguir dónde estará el límite de Quique González, un ídolo para cada vez más gente, un mito que hace pocos años se lo jugaba todo en garitos pequeños y que hoy es número uno de las listas de ventas. Los que le seguimos la pista desde hace ya unos cuantos años sabíamos que llegaría un momento en que el mundo acabaría reconociendo el valor de este músico, aunque con ello perdiéramos ese ápice de exclusividad que nos hacía sentirnos tan privilegiados por disfrutar de sus canciones. Suum quique tribuere, Quique se ha ganado con el trabajo de más de una década el derecho a ser identificado como el músico más en forma de España no solo por unos pocos, sino también por el gran público. ¿Y a partir de ahora qué? La capacidad de Quique González para escribir canciones tan grandes parece no tener fin, y su inspiración parece manar de una fuente que no se agota nunca, así que disfrutémosle mientras podamos, que podemos estar seguros de que volverá. Mientras tanto, nos vemos en la carretera.


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Me creía toda la película,
he caído en todas tus trampas
pero te llevo en el corazón.

Fuimos una delantera mítica
y lo entiendo pase lo que pase, 
porque te llevo en el corazón.

A decir verdad había química
y te espero cuando todo estalle
porque te llevo en el corazón, 
porque te llevo en el corazón.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Los mercaderes del templo




El otro día Windows me sufragó medio concierto de Leiva e Iván Ferreiro. A mí y a otros 700 individuos que, puntualmente, obtuvimos nuestra invitación gratuita un par de días antes, convirtiéndonos automáticamente en muñeco vudú de millares de quinceañeras excéntricas que estarían deseando calarse desde el mediodía a la puerta de la Joy para gritar durante alguna canción de Pereza y durante algún tramo de Turnedo, de Ferreiro. El panorama dentro de la sala anticipaba la instalación, unas calles más allá, del anodino escenario navideño de Cortilandia, con fluorescentes publicitarios del imperio Gates, televisiones mostrando las bondades de tal o cuál apero informático que escapa a mi conocimiento y sombreritos gratis para todos, como en un octavo cumpleaños en la piscina. Congregados allí los presentes, salió a escena Toni Garrido, ese locutor de voz grave y pelo hirsuto que, por exigencias del guión, nos lanzó la propaganda de turno mientras se burlaba interiormente de un público que pensaba “¿Toni qué?”. Yo, que perdí media infancia el día en que Zubizarreta convirtió en gol en propia meta lo que parecía un pase sobre Finidi, desconfío desde entonces de todo lo susceptible de revestir solemnidad. Y como revestir el acto de solemnidad era lo que el organizador pretendía mediante este presentador ad hoc, pues desconfié. 

Nigeria 3-2 España, Mundial de Francia 98

Salió Ferreiro, seis canciones. Salió Garrido, hizo un par de preguntas just for the record al gallego. “¿Windows qué?” respondió, “Ya sabes, estamos celebrando el lanzamiento de Windows 8”, ante lo que el cuarentón de 1’60 concluyó “Sí, sí… ha sido una experiencia musical”. Y entonces el músico se retiró en un carro alado tirado por dos caballos incandescentes. Salió Leiva, seis canciones. Los decibelios de la platea aumentaron considerablemente, pero no creo que porque todos fueran de la Alameda de Osuna. Vi al maestro César Pop otear el cielo de la Joy con el ceño fruncido, fijar la mirada en la cartelería de una firma de ordenadores y pensar por un momento “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, pensamiento que se disipó cuando sonaron las guitarras de los hermanos Conejo Torres y todo volvió a la normalidad. Durante el set de Leiva reapareció Ferreiro para cantar al alimón y por primera vez en directo Anticiclón, canción potente, enérgica y energética a pesar de que los intérpretes necesitaron de un aparatoso atril con la chuleta de la letra que ocultaba el cuerpo de Ferreiro hasta la altura de la garganta. Salió Toni Garrido, hizo un par de preguntas a los dos músicos, “No sé, en realidad ha sido Iván el que se ha encargado de la tecnología”, a lo que Iván replicó “¿Windows qué?”. Se retiraron presentador, músicos y respetable, terminó el medio concierto.

Musicalmente fueron impecables. La banda de Iván Ferreiro suena sólida y curtida como pocas en España, y la voz sigue sonando con la fuerza de los tiempos remotos de los Piratas. La Leiband, como se hacen llamar ahora los acólitos del perro flaco de la Alameda, suena cada día mejor y se nota la compenetración Leiva-Juancho-Pop en la fluidez de las canciones. Fueron doce temas escogidos entre lo más granado de los repertorios de sendos artistas que sonaron a Riviera pagando veinte euros. Todo genial hasta que uno reparaba en que al acabar solo eran las 21:00, era en Joy y los que invitaban eran los americanos. Pero Edu, ¿si fue gratis qué más te da? No es eso, me alegré mucho de ir y disfruté del show, un rato viendo a Leiva y Ferreiro, por corto que sea, siempre es agradable. He ido a magníficos conciertos sin pagar un duro, entre los que destaco uno de Ariel Rot en La Riviera por cuenta y riesgo de un gimnasio (no sé muy bien cómo conseguí colarme entre tanto bíceps definido) y uno antológico de Loquillo en las fiestas de La Elipa, entre algodón de azúcar y cubatas de ron barato. En Joy simplemente vi con tristeza el poder del marketing para con el rock en toda su crudeza. Si quieren pagar conciertos de los músicos que me gustan yo encantado, pero me da pena verlos así, en conciertos que se emiten en streaming en YouTube y con una zona vip plagada de ingenieros informáticos. No sé de quién es la culpa de dejarme esta sensación agridulce, ya que el pobre Iván Ferreiro no parecía haber tocado un ordenador en su vida y lo más tecnológico que tiene Leiva en su casa es un secador de pelo, por lo que sospecho (y celebro) que solo estaban allí para cobrar. Pero por otro lado pensé que un músico como Quique González (lo siento, siempre acabo igual) nunca habría participado de ese circo. Serán los tiempos de crisis, por lo que señalaré inquisitorialmente a Windows como diana de la cólera de los dioses. Fui, y repito, me alegré, pero los que somos fans irredentos de Alta Fidelidad sentimos ligeros escalofríos cuando vemos que los mercaderes han entrado en el templo.


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Cuando fuimos los mejores
nuestro otro yo nos acechaba.
Mercaderes de deseos,
habitantes de la nada.

sábado, 29 de septiembre de 2012

La banda sonora del otoño



Sucedió, como casi todas las cosas malas, inesperadamente. Llovía, es cierto, pero nada parecía diferenciar esos dos minutos bajo el agua entre mi casa y la boca metro de cualquier otra tormenta de verano, de ahí mi indiferencia. Por desgracia, cuando media hora más tarde subí las escaleras de mi estación de destino, la salvaje tormenta no había hecho más que avivarse. Y los cuatro minutos que me separaban de la puerta de la universidad fueron cruelmente reveladores: el verano llegaba a su fin. Su llegada fue sonada, con tiempo suficiente para preparar cuerpo y alma, pero se fue sin despedirse, sin cerrar la puerta al salir y con la ceniza del cigarrillo aún humeando. Normalmente es un trayecto agradable, los doscientos metros que mide la calle Mártires de Alcalá los aprovecho para repetir alguna de las canciones que más me gustan del disco que venía oyendo en el metro, mientras supero sin prisa la ligera pendiente que llega hasta Alberto Aguilera. Irónicamente, la canción de ese día era Flacos y Famosos, de César Pop, que me dejó grabada en la mente la frase “que te resguardes cuando se ponga a llover, y te sepas mojar cuando sea necesario”. Ojalá hubiera hecho caso. Al enfilar la cuesta vi cómo descendían hacía la calle Princesa los torrentes del mundo, y parecía que se habían puesto de acuerdo todos para desembocar en mis ajadas Converse. Remonté a duras penas la pendiente, que si otros días es ligera ayer parecía más dura que las rampas del Alpe d’Huez. El momento crítico llegó en el cruce con Santa Cruz de Marcenado, con la pancarta de meta ya a la vista. El Ganges en pleno deshielo confluía con el Amazonas, y yo estaba en medio. Cuando por fin llegué, me consoló ver que no era el único cuya ropa destilaba los efluvios del primer invierno, y que muchas chicas tenían el rostro desencajado porque parecían recién salidas del último baño en la piscina que se iban a pegar esta temporada.

Así me sobrevino a mí el otoño, que no es más que un eufemismo del invierno, con las canciones de César Pop sonando. Las previsiones anticipan unos últimos días de tregua a partir de esta tarde, un veranillo de San Miguel que no es verano, sino una transición nostálgica y melancólica a los fríos de octubre, mes que este año empezó en la lluviosa mañana del 28 de septiembre. Yo soy un nostálgico, y me gusta prolongar los buenos momentos más allá de lo que dicta la razón, por eso hoy me voy a ver a Leiva a las fiestas de Las Rozas, dos conceptos (Leiva y las fiestas de los pueblos) que encajan perfectamente en el contexto de estos días en que uno no sabe si camiseta o abrigo. Los nubarrones de ayer se han despejado, al menos por unas horas, permitiendo que esta noche esté allí el maestro Pop acompañando al teclado al killer Leiva, dos genios a la hora de poner letra y música a estos momentos, los autores de la banda sonora del otoño.

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El día de la despedida del veranillo de San Miguel,
mientras los pequeños llenan sus mochilas,
yo empiezo un nuevo curso también.
Para recoger de lo sembrado
lo que se nos haya dado bien,
y entender que al saltar no siempre se puede caer de pie.

Y entender que al partir no se debiera pensar en volver.
Y entender que al saltar no siempre se puede caer de pie.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Tan joven y tan viejo


Hace unas semanas me dio por escribir sobre los grandes jugadores que han lucido el dorsal número 14 sobre un campo de fútbol. Me faltaba uno por una cuestión puramente iconográfica, Esteban Granero, 14 de corazón, de hechura y de definición lucía el triste 11 en el Real Madrid, ya que es Xabi Alonso, el padrino del Pirata, quien velará por ese doble dígito hasta que venga un digno sucesor. Pues bien, gana el Madrí la Supercopa y Granero, harto de que desfilen ante él Oziles, Modrics y Essienes coge la puerta y se va. Con un par. Y como no puede ser de otra manera será el 14 de su nuevo equipo, el Queens Park Rangers. Y no queda ahí la cosa, resulta que el día de su debut en Loftus Road, tras empatar el QPR contra el Chelsea de otro rocker madridista como Juan Mata, aparece en el twitter de Leiva (sí, Leiva el de Leiva) esta foto:


Porque a veces, en Londres, sucede que las estrellas se alinean para formar una constelación radiante y luminosa como la que más. No eran Lennon, Richards y Clapton los que se reunieron en Picadilly, eran Granero, Leiva y Quique González los que aprovecharon la ocasión para celebrar la comunión eterna entre rock y fútbol. Ya lo dije en otra ocasión anterior, Granero es rock. Me vi tentado de escribir sobre él cuando apareció entrevistado en la portada de Jot Down, un reportaje en el que el protagonista menciona a Brahms, Kubrick, Coppola, Carver, Salinger, Kafka, Lucinda Williams, Wilco, Quique González y Leiva, por lo que no puede no puede decepcionar. Como aguanté el impulso entonces, reproduzco ahora su respuesta cuando le preguntan cuál le gustaría que fuera la última canción que oiría antes de morir: "si no tuviera escapatoria... me pondría a Quique González, una canción que no está editada todavía, estará el año que viene, él aún no tiene claro el nombre... pero no puedo decir de qué va... ¡Voy a cambiar de canción! Pondría Tan joven y tan viejo de Sabina". Ídolo, like a rolling stone. Porque él, tan joven como es, es tan viejo que no podría haber cogido otra canción, tan generacional, tan autobiográfica para los melancólicos. Incluso se permite lanzar un guiño al próximo disco del Kid. Precisamente es Sabina quien, junto a Serrat, compadrea con (genuflexión) José Tomás en la misma medida en que lo venera. Los buques insignia de una generación de cantautores rendidos al arte de un torero. Leiva y Quique, generación heredera de la de Sabina, apadrinan a otro torero como el Pirata en su dimensión artística, que no es pequeña. 
Una vez apareció Granero por el palco de Canal+ en San Isidro, y entrevistado por el futbolero-taurino Juan Carlos Sánchez se confesó como aficionado a los toros y descendiente de toreros. Pues bien, leía hace poco en el anecdotario de Rubén Amón No puede ser y además es imposible sobre un matador, virtuoso del violín, que al final se decantó por dejar la música en favor de la sangre de los toros. Se llamaba Manuel Granero. ¿Será su bisabuelo? Como soy una persona que a veces se permite creer en algunas cosas sin fundamento ninguno, voy a creer que sí, que lo es, y que parte del arte y la sensibilidad del Pirata, Juan Belmonte de la Premier y Jim Hawkins de los Rangers, se deben a que pertenece a esa casta férrea y eterna de seres sobrehumanos que son los matadores de toros. 
Triste, porque se va el más madridista de los pocos madridistas que quedaban en el Madrid. Pero contento, porque el mismo día en que José Tomás, entre poetas, premios Nobel y la crema de la cultura, firmó la mayor epopeya nunca vista en una plaza de toros, Esteban Granero salía, con el 14 en la espalda, por la puerta grande de Loftus Road, vigilado desde la grada por los poetas de su generación, de la contracultura como él, en la ciudad de la contracultura de los Stones y de los Clash.


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Así que de momento nada de adiós, muchachos
Me duermo en los entierros de mi generación
Cada noche me invento, todavía me emborracho
Tan joven y tan viejo, like a rolling stone


miércoles, 7 de marzo de 2012

Ética y estética de Pereza (II): "vamos a salir en el telediario"


Nunca segundas partes fueron buenas, pero toda la mitología, la ficción, los claroscuros y las veras de los anteriormente conocidos como Pereza da para que fluya mucha tinta. Si en el post anterior me centré en la banda y su trayectoria, en estas líneas quiero profundizar en las personas de Pereza, su presente y qué les puede deparar el futuro, aprovechando la emancipación de Rubén y Leiva como músicos.

Empezaremos por el más joven, que es el único que hasta la fecha ha osado publicar su disco de debut. No engañaré a nadie, yo soy más de Leiva, por cuestión de gustos y de afinidad musical. Pereza me empezó a gustar a medida que Lei se hacía más importante en la banda y se consolidaba la amistad del 10 con el Kid (apelativos cariñosos de Leiva y Quique González), referencia básica de este blog. De hecho, mi primera sensación de simpatía hacia Pereza la tuve la primera vez que vi a Quique en directo, hace ya seis años, cuando el Kid les invitó a cantar Hotel Los Ángeles. Esta amistad descubriría a Leiva nuevos horizontes musicales a la hora de escuchar e interpretar canciones y que les brindaría una serie de colaboraciones muy especiales para los dos y para los que nos contamos entre sus fans.


Leiva ha hecho un disco magnífico, que se ha currado como un auténtico obrero del rock: co-productor, autor/co-autor de los 13 temas, e intérprete de casi todos los instrumentos. Además se ha rodeado de una cuadrilla de banderilleros de lujo, entre los que destacan su hermano Juancho (de Sidecars), César Pop (del que luego hablaremos) a los teclados, Tuli (ex batería de Pereza) al saxo, y a los coros Sara Íñiguez y fugazmente en una canción Michelle Jenner. Vamos, que la cosa queda prácticamente en familia.
En Diciembre se nota a Leiva a sus anchas, con un sonido de rock and roll clásico que sigue la línea de Aviones, pero mucho más trabajado y depurado con un cuadro de vientos y más arreglos corales y de guitarra. Predominan los rocks compactos con riff y estribillo melódico y sin florituras (Nunca nadie, Eme, Las cuentas, Penaltis). Una de mis favoritas, 92, va camino de convertirse en una especie de himno generacional para los que nacimos el año de la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona. De momento se ha convertido en banda sonora de mi momento vital.


Hay hueco también para canciones más lentas y líricas como Aunque sea un rato, la colaboración de rigor con QG, Sudando la tristeza, la increíble Vis a vis, con una trabajada letra y el solo acompañamiento de una acústica y un cello, y un tema que sobresale por encima de todos los demás, el que ha dado nombre a este post: Telediario. Esta canción creció en el seno de Autopista, ese grupo que un día montaron Leiva, Quique, César Pop, Karlos Aráncegui y Fernando Macaya, básicamente para pasarlo bien. En un breve vídeo de presentación de la banda, perdido en la red desde hace cuatro o cinco años, se ve a los Autopista cantando a coro las estrofas finales de Teledario. Ese estribillo directo al centro del alma ("paren la vida, me quiero bajar"), ese interludio en que los slides de las Fender anticipan un desenlace épico y el éxtasis final con todos los instrumentos y voces sonando con el corazón mientras Leiva canta con todo lo que tiene dentro "vamos a salir en el telediario". Todo esto convierte esta en una canción única, la canción que a mi me hubiera gustado escribir.


Merece mención aparte el maestro César Pop, intérprete de teclados, pianos y acordeón a lo largo de todo Diciembre, destacando esa entrada magistral con el Hammond en Telediario. Pop lleva ya unos años siendo el teclista de Pereza, donde ha demostrado su calidad técnica e incluso ha llegado a firmar mano a mano con Leiva la letra de todo un himno para los fans como es Estrella Polar. Dentro de este nuevo rumbo que ha tomado Pereza, Pop ha sabido mover ficha también y adelantarse a sus jefes Rubén y Leiva en la publicación de un disco en solitario. La última vez que escribí sobre él (ver aquí) no me había hecho aún con su disco. Mis expectativas eran buenas, pero fueron más que superadas. Te llames como te llames es un disco magistral, indispensable, con el valor añadido de que no está disponible en las tiendas, solo en formato digital y, para frikis como el que escribe, en formato CD que se puede pedir por correo postal al mismo César, que deferentemente lo envía a tu casa por un módico precio y te lo agradece con una nota personalizada. Solo un auténtico grande, un enamorado de la música y un trabajador del rock and roll es capaz de hacerlo, y César Pop lo es.


Solo me dejo a Rubén Pozo Prats. Cabe preguntarse si recogerá el guante que Leiva le ha lanzado con maestría, ya que Diciembre ha demostrado que solateras tiene mucho que ofrecer. Pegatina, primer single de Lo que más, no me ha decepcionado (ni me ha entusiasmado), pero porque el concepto musical de Rubén y el de Leiva son distintos, dentro de los cánones del rock. Rubén opta en los últimos años por letras simples y melodías extremadamente pop para mi gusto, pero por suerte sigue teniendo esa vena gamberra del Rubén que escribió Horóscopo y Margot, lo cual yo le agradezco. A unas semanas para la publicación del disco se puede decir que el primer penalti lo ha marcado Leiva. No creo que sea justo convertir estas dos carreras en una competición, no se lo merece ninguno, y ojalá Rubén tenga tanto éxito como el que está cosechando su compañero en estas semanas que le lleva de ventaja.

Con esto pongo punto y aparte a este viaje al interior de Pereza, porque espero que el punto y final de Rubén y Leiva como músicos, tanto en solitario como mano a mano, sea dentro de mucho tiempo. La mejor banda española del siglo XXI se lo merece.

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Caímos en el incendio, el mismo verano los dos
La feria reúne a los viejos colegas del 92
El alma volcada en espejos, la piel en un revolcón
A veces solo silencios, a veces como un ciclón
Y el tiempo nos juntó para luego separarnos
¿Cómo decir que no? Vamos a matarnos

lunes, 5 de marzo de 2012

Ética y estética de Pereza (I): "traficante, rock and roll star"


Hoy quería escribir sobre una pareja de rockeros de los que no abundan en nuestro país. Dos músicos que siendo casi de última generación se adscriben perfectamente a la frase del maestro Sabina: "tan joven y tan viejo, like a rolling stone". Y es precisamente don Joaquín uno de los enamorados de esta banda, con la que contó en la grabación de su último disco. Y es que Sabina dijo una vez: "Me gusta Pereza porque es como me hubiera gustado ser a mi con veinte años".

El hecho es que Pereza está en los últimos tiempos en boca de muchos medios, pero no precisamente por su actividad como tal, sino por el despegue de sus dos miembros como músicos en solitario, algo a lo que en mi opinión estaban abocados desde hace tiempo, ya que son pocas las canciones que hayan compuesto al alimón y que cada uno ha ido desarrollando un estilo cada vez más personal, aunque bien es cierto que la voz de uno siempre contaba con la colaboración del otro a los coros o a las seis cuerdas. Fue a finales de febrero cuando llegó "Diciembre", álbum de debut en solitario de Miguel Conejo Torres, también conocido como Leiva, que hasta ahora había desplegado casi toda su carrera bajo la bandera de los Pereza y junto a su inseparable compañero Rubén Pozo Prats, cuyo disco "Lo que más" se espera para finales de este mes.
Mucha gente ha querido ver en la divergencia temporal de los Pereza el motivo de su posible separación. No es así, por suerte. De hecho hace pocas semanas estuvieron dando un bolo en la Caracol de Madrid con esa superbanda llamada Hot Legs que Rubén y Leiva tienen con Carlos Tarque. No se separan, después de esta etapa volverán a salir de gira y a tocar sus canciones juntos, seguro. Pero es cierto que quizás no vuelvan a ser los mismos, porque la evolución musical que han ido experimentando los dos a lo largo de los últimos años ha sacado a relucir las diferencias que tienen a la hora de escribir, de componer y de interpretar las canciones. Que no se me malinterprete, Rubén y Leiva se han compenetrado a la perfección desde el primer día, y han sabido aportar cada uno a las canciones que escribía el otro, como Lennon aportaba en las canciones de McCartney y viceversa. A donde quiero llegar es que, ahora que cada uno ha tenido su propio espacio de libertad y desenvolvimiento para hacer la música que cada uno siente, las características musicales y las influencias de cada uno se están exacerbando, como ya se ha podido ver en Diciembre y en el avance del disco de Rubén, el single Pegatina.


La evolución que ha seguido Pereza es compleja, ya que si bien era Leiva el principal protagonista de los últimos discos, hubo un día en que el peso de la mayor parte de la composición y de la simbólica pero importante interpretación vocal recaía sobre Rubén, que llevaba años de rodaje en los escenarios con Buenas Noches Rose. Eran los días de Horóscopo, Pompa de Jabón, Música Ligera y la mítica Pereza, que acabó dando nombre al grupo (por entonces trío, con Tuli, otro colega de la Alameda de Osuna). Y después de ese disco homónimo, genial carta de presentación, casi vintage ahora, vino Algo para cantar, momento en que Pereza dio un primer salto al mainstream y al gran público. Rubén era prácticamente el frontman de la banda, pero quiso el azar (o la llamada "industria de la música") que fueran dos temas de Leiva, aun novato, los que hicieron que Pereza apareciera en los 40 Principales y en las radios de este país, Pienso en aquella tarde y Si quieres bailamos.

Algo para cantar es un gran disco, donde Leiva se atreve con algo más de presencia y aporta buenos temas como los mencionados. Lástima que para mucha gente la primera imagen de Pereza fuera la colaboración con los estereotipos del pop moña español, David Summers y Dani Martín, en una versión de Pienso en aquella tarde que, al lado de la original, es casi una blasfemia. Un pequeño borrón en el historial que se puede comprender por la necesidad del músico de dar a conocer sus canciones, y que en cualquier caso el tiempo ha acabado por aclarar con las grandísimas colaboraciones con que han contado Rubén y Leiva. Por lo demás, en el disco hay grandes temas de la banda que con el tiempo han ido pasando más desapercibidos, como Manager o Tu Infierno, canciones que, especialmente la segunda, ojalá veamos otra vez interpretadas en directo.


Con Animales, tercer disco de la banda y el que supuso su irrupción definitiva en el panorama musical, Leiva se convierte por vez  primera en la imagen de la banda. Animales es un disco de rock gamberro con grandes melodías y una genial instrumentación y producción, aunque otra vez fue el tema mas pop el elegido para sonar en la onda, la (para mi gusto) terrible Princesas. En fin, cosas del oficio. Rubén solo firma tres de los doce temas del disco, entre ellas una de las más míticas canciones de la banda, Madrid, contrapunto melódico a los riffs macarras de Leiva como Niña de Papá o Animales. Oye, y no tan macarras, como Caramelo, Todo o la legendaria Como lo tienes tú. El broche de oro a Animales lo pone un disco de colaboraciones con gigantes como Bunbury, Iván Ferreiro, Deluxe, Quique González, Sidonie, Burning y otros, en un repaso a su breve discografía.


La línea de Animales se consolida en Aproximaciones, Leiva experimenta en ese interregno una madurez musical increíble, y firma algunos temas que nada tienen que ver con el Leiva de Princesas o Si quieres bailamos. Pereza, con su estilo propio, hace apología de Beatles y Stones, y eleva sus canciones a un plano más adulto en que las letras tienen más contenido y la música influencias más definidas. Y aunque digo Pereza, el gran responsable de esa consolidación es Leiva, más prolífico como autor que Rubén, y al que la compañía de otros grandes como Quique González y César Pop acaba calando a la hora de escribir, véanse Tristeza, Beatles, Huracán, Por mi tripa, etc. Rubén en Aproximaciones pasa algo más desapercibido, si bien firma temazos como Margot y Conjunto aporta también las grises Talibán y Dímelo. Un Rubén más de extremos que deja mucho más protagonismo a Leiva pero que es capaz de explotar con grandes canciones todavía.

Habiendo catado ya Diciembre, de Leiva, se ve que el último disco de Pereza hasta la fecha, Aviones, es una especie de preparación espiritual para lo que los fans nos hemos encontrado con el debut de Leiva. Las influencias de Leiva crecen más allá de Beatles-Stones hacia Dylan, Tom Petty, Roy Orbison (Travelling Willburys en definitiva). Windsor, Violento Amor, Lady Madrid, Leones, Champagne, son joyas de Leiva en formato semiacústico donde las letras cada vez tienen más poesía, y que eclipsan totalmente la actuación de Rubén en el disco. Lo mejor del más veterano de los Pereza es el mano a mano con su inevitable compañero Leiva en la mítica Llévame al baile. Aviones es un disco de coleccionista, salvo excepciones sus canciones suenan totalmente a 1975, y es donde un tío como Leiva, llamado a dejar su nombre muy alto en la canción rock de autor en España, eso sí, en solitario, presenta sus credenciales para pertenecer al club de los artistas que admira. En solitario porque con Pereza está claro que ya ha escrito con éxito una de las páginas más relucientes de la historia del rock en español, ya que en tiempos de dudas dentro del panorama musical nacional Rubén y Leiva han sido de los mayores defensores de eso que se conoce como rock n' roll.

Hasta aquí hemos visto los antecedentes de Pereza, los hitos que les han convertido en la banda más en forma del rock español, queda pendiente para estos días el presente y, sobre todo, el futuro de los de la Alameda, que seguro que nos depara muchos buenos ratos, como siempre han hecho.
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Con este tiempo cualquiera está
en el momento, en el lugar
siempre soñamos que vuelva a pasar, y yo 
que no ocurrra más.