Ayer cayó en mis manos la banda sonora de Inside Llewyn Davis, la última de los hermanos Coen. La película es una obra maestra, una historia sobre el fracaso ambientada en el Nueva York de principios de los 60, el mismo al que llegó Dylan tras los pasos de Woody Guthrie. Las interpretaciones son perfectas (hasta la del gañán de Justin Timberlake) y la trama cruda y directa, pero lo que para mí destaca más es la banda sonora, una colección de temas tradicionales y originales de folk clásico en los que ha colaborado Marcus Mumford (el gordaco de Mumford & Sons).
Al ir a colocar el nuevo disco en mi estantería me he dado cuenta de que solo tengo otras dos bandas sonoras en formato físico, y las dos totalmente relacionadas con Llewyn Davis: la de O'Brother, también de los Coen y también con predominio del country y folk de raíces americanas, y la de No Direction Home, el documental de Scorsese sobre los primeros años de Bob Dylan. Los Coen desde luego son unos genios en la utilización de la música en sus películas y, a diferencia de lo que puedan hacer Scorsese o Tarantino, maestros en insertar canciones de otros artistas adaptándolas al tempo de la película, reinterpretan clásicos en voz de los actores (como George Clooney en O'Brother) o, como en Llewyn Davis, crean una banda sonora original (de ahí la O de BSO) indisociable de lo que uno ve en pantalla. Dos maneras de meter la música en el cine distintas de la orquesta sinfónica, ambas igual de válidas si son bien utilizadas. Esta misma semana he visto en un episodio de la sexta temporada de Los Soprano llamado The Ride (aún no he acabado, así que castigaré severamente cualquier tipo de spoiler) una escena cumbre en la unión de música y cine, cuando Chris Moltisanti no puede resistir la tentación y se pega un chute de heroína. Durante su viaje lisérgico y su descenso a los infiernos entre las casetas de la feria suena The Dolphins de Fred Neil. Dejo aquí el vídeo, a partir del 3:10 es absolutamente insuperable.
____________________________________ She gets rock n' roll, a rock n' roll station And a rock n' roll dream She's making movies on location She don't know what it means But the music make her wanna be the story And the story was whatever was the song what it was Rollergirl don't worry DJ play the movies All night long, all night long
Los ídolos. Esos seres más imaginados que reales, en los que depositamos más de lo que, posiblemente, cualquier persona de carne y hueso puede cargar, en los que proyectamos, seguramente, todo lo que no alcanzamos a tocar con los dedos de las manos.
Sucede hacia la mitad de la canción. Después de sonar el estribillo -he caído en todas tus trampas pero te llevo en el corazón-, y de esas inconfundibles seis notas de piano que recurrentemente van apareciendo en el tema, como para coger aire, brota un leve solo de guitarra, punteado sin estridencias, mientras los platillos que se suman al ritmo dan más vida a la canción. No es un solo complicado ni largo, las notas se van sucediendo con una armonía lógica, casi evidente, en cuya sencillez se encuentra su belleza. Entonces, mientras el último bending se apaga, aparece la voz de Quique González: Fuimos una delantera mítica, y lo entiendo pase lo que pase porque te llevo en el corazón.
A decir verdad, este momento condensa muchas de las emociones vertidas en un disco, Delantera Mítica, que amenaza convertirse en clásico instantáneo. No sé si será el mejor de la carrera de Quique González, puede ser, pero poco importa eso, ya que a niveles como en los que Quique se mueve es absurdo establecer jerarquías. El día que busques melodías de seda necesitarás Salitre48, cuando alguien te haya dejado algún vacío por dentro (o lo haya llenado) pincharás el Kamikazes y cuando, nostálgico, lo que quieras es recordar lo que fue, lo que ha cambiado, los amigos frecuentados, las chicas despedidas o, en fin, los mitos del pasado, será entonces cuando Delantera Mítica se convierta en el disco que necesitas, en la banda sonora de tu momento vital.
Intencionadamente me he tomado unos cuantos días para escribir sobre Delantera Mítica, los suficientes para memorizarlo, para buscar paralelismos en las letras, para juguetear con la guitarra por encima de las melodías, para oír otros discos con los que compararlo, asistir a conciertos para contrastarlo y pasear por la calle para dibujarlo. Me ha dado tiempo hasta de cansarme, airearme y después recuperarlo mejor, como si lo hubiera dejado cocinándose en el fuego. He acabado convencido de una verdad que en realidad ya sabía, pero que quería fingir desconocer para recibir lo nuevo de Quique González temblando como si fuera la primera vez, como si no fuera su noveno disco y no supiera con qué me iba a encontrar. Y esa verdad es que, en el oficio de los que hacen canciones, muy pocos tienen la habilidad de Quique González para emocionarnos una y otra vez con su música. El Quique de Delantera Mítica es más como siempre que nunca, un genio que nos demuestra de nuevo que su música tiene el techo fuera de este planeta. Grandes letras, como siempre, melodías memorables en las que César Pop y Leiva han tenido su parte de culpa, interpretaciones colosales de los subalternos, la voz de Quique en el punto álgido de su carrera y la inmejorable producción de Brad Jones, ese tipo que nos ha convencido de que si algún día queremos grabar un disco debemos hacerlo en Nashville. Junto a la pasión con la que Quique se entrega a sus canciones, estos son los factores que convierten Delantera Mítica en el disco mítico que ya es.
Pudiendo escucharlas, escribir de las canciones es casi una blasfemia, pero en este blog siempre hemos sido muy profanos. Tenía que decírtelo es un brutal comienzo rock para el disco, donde las imágenes cinematográficas se suceden entre los salvajes solos de guitarra y el no menos impresionante trabajo de Brad Jones al bajo. Esta canción es buen ejemplo del simbolismo que inspira todo el disco, con esas escenas de casinos, cines, vestidos de novia y striptease tan propias del imaginario de Quique. La fábrica es muy del estilo musical de Leiva y César Pop, una melodía directa y alegre con guitarrazos pop de altísima calidad, probablemente mi favorita del disco. Esa obra maestra llamada Dallas-Memphis es, hasta donde yo sé, la primera canción de Quique que incluye un guiño al baloncesto, deporte del que le sabemos muy aficionado ya que el disco está dedicado a un quinteto de lujo formado por los exmadridistas Raúl López, Axel Hervelle y Álex Mumbrú (ahora los tres en el Bilbao Basket), la también mítica Amaya Valdemoro y Asier García. Las tres de la mañana, Dallas-Memphis; esa frase me hizo quedarme el miércoles pasado despierto hasta las tantas para ver a los Mavericks contra los Grizzlies, Nowitzki contra Gasol, misión que no pude cumplir por culpa del sueño, lo siento Quique. En el disco también encontramos buenas píldoras de rock callejero como ¿Dónde está el dinero? y Viejos capos, una reflexión sobre la crisis eterna y otra, una vez más, sobre los ídolos y los mitos. Parece mentira es el Mary Jane's lastdancede Quique, con una cadencia y un guitarreo muy a lo Heartbreakers. En Las chicas son magníficas Quique se marca la que para mi gusto es la mejor interpretación vocal de su carrera, aderezada con los coros de Zahara la de la voz dulce, que también acompaña en Me lo agradecerás -cuando te vuelva el corazón a su sitio-. La anteriormente conocida como Grupies eléctricas (de la que hablé aquí hace pocas semanas cuando, en mi ignorancia, desconocía que aparecería en Delantera) se llama aquí No encuentro a Samuel, que enlaza con esa historia de Quique con su perro Sam, Avería y Redención y las gafas de Mike. Bonita canción sobre la amistad con un perro que cuando su dueño le busca se larga de perras. No hagas planes emociona con su buena dosis de frases "lapidarias" -te roba un pensamiento y va atravesando el plano real- y unos arreglosambientales místicos. En las postrimerías llega la ya referida Delantera Mítica, la canción para los amigos de Quique, honor del que todos los que seguimos su música nos sentimos aunque sea un poco partícipes, ya que él ha puesto la banda sonora de muchos momentos importantes de nuestras propias vidas. Cierra el disco la versión de uno de los ídolos de Quique, bendita costumbre que tras Diego Vasallo (La vida te lleva por caminos raros, en Avería y Redención) y Lapido (Algo me aleja de ti, en Daiquiri Blues) tiene por elegido al maestro, a lo que Quique habría sido de nacer en Minnesota, un tal Bob Dylan. Es difícil adaptar una canción del calibre de Is your love in vain?, pero Quique consigue hacerla suya y llevarla a su terreno con una instrumentación más sencilla y un sentimiento de trascendencia que pocos saben imprimirle a su música. El epílogo perfecto para un disco difícil de repetir.
Después de Delantera Mítica es difícil distinguir dónde estará el límite de Quique González, un ídolo para cada vez más gente, un mito que hace pocos años se lo jugaba todo en garitos pequeños y que hoy es número uno de las listas de ventas. Los que le seguimos la pista desde hace ya unos cuantos años sabíamos que llegaría un momento en que el mundo acabaría reconociendo el valor de este músico, aunque con ello perdiéramos ese ápice de exclusividad que nos hacía sentirnos tan privilegiados por disfrutar de sus canciones. Suum quique tribuere, Quique se ha ganado con el trabajo de más de una década el derecho a ser identificado como el músico más en forma de España no solo por unos pocos, sino también por el gran público. ¿Y a partir de ahora qué? La capacidad de Quique González para escribir canciones tan grandes parece no tener fin, y su inspiración parece manar de una fuente que no se agota nunca, así que disfrutémosle mientras podamos, que podemos estar seguros de que volverá. Mientras tanto, nos vemos en la carretera.
_________________________________ Me creía toda la película, he caído en todas tus trampas pero te llevo en el corazón. Fuimos una delantera mítica y lo entiendo pase lo que pase, porque te llevo en el corazón.
A decir verdad había química y te espero cuando todo estalle porque te llevo en el corazón, porque te llevo en el corazón.
Con el papel de envolver de este 2013 ya en la basura desde hace días, vuelvo a vosotros tras la tempestad de unas semanas en que las obligaciones han ocupado prácticamente todo mi tiempo. Y vuelvo para ajustar cuentas, ya que llevo desde la oleada de posts de diciembre con un tema en la cabeza, que es de todo menos original. Se trata de dejar por escrito, tras la deliberación y el concilio debido, los que para el que escribe estas líneas han sido los mejores discos del 2012. Si el año pasado me quejaba de falta de material y decía que nuestros ídolos estaban muertos, no puedo decir lo mismo en esta ocasión; ha sido un gran año en lo musical y, por suerte, hay mucho donde elegir, aunque por economía procesal voy a reducirlo todo a dos categorías supremas, mejor disco español y mejor disco internacional. En España hemos disfrutado (aparte del #1 de la lista, para el que mantengo una ficción de suspense) de La Nave de los Locos, el brutal último disco de Loquillo, Diciembre el brillante debut en solitario de Leiva, buenos trabajos de Rubén Pozo y M Clan y agradables descubrimientos como el de Jorge Marazu y su disco La Colección de Rejoles (descubrimiento que, como otros muchos, debo a Esa Canción me Suena). Más allá del Atlántico y del Cantábrico también se han puesto las pilas y han vuelto los de siempre, los que nunca (o casi nunca) fallan. Hemos tenido grandísimos nuevos discos de Springsteen, de Neil Young, de Van Morrison, de Leonard Cohen, y además los Stones han vuelto a tocar. También han publicado magníficos discos artistas de menos de 60 años como Mumford & Sons, Ryan Adams y John Mayer, pero como en este blog tenemos mucho respeto por nuestros mayores entramos directamente en materia con el que, para Billete de Vuelta, ha sido el mejor disco internacional:
Bob Dylan, Tempest.
En una canción no publicada llamada Groupies Eléctricas, Quique González decía "resucité de nuevo oyendo Modern Times, ¿cómo ha podido hacer algo tan bueno?". Parecía mentira que un señor de 65 años que había publicado 33 discos antes y compuesto muchas de las mejores canciones de siempre pudiera seguir haciendo cosas así. Pues bien, con 71 llega el señor Dylan y publica un disco todavía mejor: Tempest. La vida de los grandes es una superación permanente de los límites marcados con anterioridad y una habilidad para reinventarse, volver mejor y ser más como siempre que nunca. El disco repasa muchos de los registros que Dylan ha cultivado a lo largo de su carrera, blues de estilo antiguo (Early roman kings), baladas lentas (Soon after midnight, Long and wasted years), rock n' roll de estilo Highway 61 (Narrow way) y composiciones casi bíblicas como Tempest y Roll on John. Mi favorita es Pay in Blood, un rock que me vuela la cabeza, sublime. No sé si a estas alturas se podrá permitir Bob Dylan ser pródigo en giras interminables por nuestro entorno, pero nos ha sorprendido ya tantas veces que no debería extrañarnos que presentara Tempest en directo en algún lugar cercano, ocasión que deberíamos aprovechar para acudir en peregrinación a rendirle pleitesía.
Y en cuanto al mejor disco publicado en España en 2012, the winners are:
Los Madison, Compás de Espera.
La verdad es que no tuve dudas en este campo, con sus tres discos Los Madison se han convertido para el abajo firmante en una de las referencias del rock español de los últimos años, y esperemos que también de los próximos lustros. El sonido de la banda es imbatible, y el talento de Txetxu Altube a la hora de componer y de interpretar está al alcance de pocos. Compás de Espera es un disco bestial, detallista pero directo a la vez, con canciones que mejoran a cada escucha mostrando nuevos matices de rock. Como en Tempest, la variedad es una cualidad, y lo mismo encontramos temas rápidos y guitarreros como Jamás, Dividido y Sígueme despacio, lugares intermedios como la sesentera Me estoy vendiendo mal y canciones más pausadas como Entre tú y yo y Casi siempre, además de una colaboración estelar como es la de Miguel Ríos en Juego Sucio. Para mí, las joyas son la propia Compás de Espera, llamada a ser icónica en el repertorio de Los Madison; Ropa Nueva, en la que colabora el quinto Madison, el maestro César Pop, compañero de mil batallas con Txetxu; Skyline, que tiene unas progresiones melódicas y unos silencios entre riffs que valen su peso en oro; y una versión que, por lo menos, iguala la versión original, Lo que Queda, escrita por César Pop (¿de las tres mejores canciones escritas en España en los últimos veinte años?), que en manos de Los Madison suena más rápida y guitarrera que en la versión del asturiano de la Alameda de Osuna. Lo ha dicho Txetxu varias veces a través de las redes, 2012 ha sido un año inolvidable para Los Madison, ya que además de lanzar un disco como este pudieron gozar de noches memorables como en la que llenaron los Teatros del Canal de Madrid. Por el bien de los que nos gusta esto de la música, que Los Madison sigan tan en forma como el año pasado.
_____________________________________________ He tirado mi fondo de armario, ya no voy buscando ropa nueva. Ando recorriendo el vecindario y no soy el único alma en pena, Siempre he sido adicto a las canciones, no voy a dejar de darles cera. Ojalá lloviese para siempre para almacenarme en la nevera. Si no estás aquí me invento tu mirada y me haré creer que tú me recordabas desde siempre, como siempre.
A esta hora del viernes 21 de diciembre del 2012 estoy vivo pero, según cierta civilización mesoamericana de hace milenios, el Apocalipsis tendrá lugar dentro de algunas horas, y con él nos llegará a los humanos la hora de morir irremediablemente. No voy a poner en duda los cálculos que hace unos cuantos siglos realizaron unos señores en taparrabos que, por lo visto, desconocían artilugios tan avanzados y futuristas como la rueda, así que me hundo en la resignación y me dispongo a pasar una de las tres horas que le quedan al planeta hablando de música. He pensado que, ya que dicen que esta noche vamos a ser asolados por cataclismos meteóricos, terremotos infernales y olas gigantes, al menos que tengamos el alma preparada gracias a la música. Con este post pretendo preparar al lector para el inexorable final de las civilizaciones con una lista de canciones sobre esta temática. En general, cualquier canción sobre el fin del mundo, la destrucción masiva o el juicio final era susceptible de entrar, pero por cuestión de gustos y de prejuicios la lista es la que es. Por otra parte, en un blog amigo como es Posts desde el Subsuelo se acaba de confeccionar un post similar pero estrictamente cinematográfico, para que luego digan que no tienen música ni películas que elegir. Dejo al final del post la lista en Spotify y, sin más preámbulos, entremos en materia. Como decía Sabina, que el fin del mundo nos pille bailando.
1. It's the end of the world as we know it, R.E.M.
Quizás sea una evidencia, pero una lista así tiene que ser abierta con esta canción. Habla de terremotos y huracanes, y Michael Stype acepta estoicamente el ocaso de sus días diciendo It's the end of the world as we know it, and I feel fine; es el fin del mundo tal y como lo conocemos y yo me siento bien.
2. Lonesome day, Bruce Springsteen.
Esta canción fue escrita por el Jefe a raíz de los atentados del 11-S en Nueva York. Su temática no puede ser más desoladora, "un sol oscuro saliendo, la tormenta arrasará..." y demás alegorías sobre la muerte; temazo potente de rock de estadio para plantarle cara.
3. Until the end of the world, U2.
Una canción mítica del que probablemente es el mejor disco de U2, Achtung Baby, a partir del cual se convirtieron en el producto de todo a cien que son hoy. Until the end of the world es de lo mejor del disco, con guitarrazos enérgicos y un solo memorable de The Edge. Seguimos preparando el fin del mundo con rock.
4. (I'll love you) till the end of the world, Nick Cave & the Bad Seeds.
También hay hueco para canciones de amor en esta lista, como esta de Nick Cave en la que le promete su chica amor incondicional hasta que llegue el fin, así que no le queda mucho. Gran canción para despedirse.
5. Dance me to the end of love, Leonard Cohen.
Digo yo que si se acaba la vida en el mundo también se acabará el amor, es ahí donde cobra sentido el título de esta canción del señor Cohen, báilame hasta el final del amor. Con Dance me ponemos fin a esta pequeña dosis de sentimentalismo para despedirse de las mujeres, y volvemos a la destrucción del planeta Tierra.
6. A hard rain's a-gonna fall, Bob Dylan.
Para contextualizar, esta canción fue escrita por Dylan en plena crisis de los misiles, con decenas de cabezas nucleares soviéticas plantadas en Cuba y apuntando directas a la Casa Blanca. "A hard rain's a-gonna fall means something is gonna happen" dice el propio Bob al principio la versión en directo, refiriéndose al holocausto nuclear al que parecía condenado el mundo occidental. No hubo holocausto, pero nos quedó esta memorable canción.
7. The Man comes around, Johnny Cash.
Seguimos la lista con una canción del hombre de negro que hace referencia clara al día del Juicio Final y a la segunda venida de Jesucristo, "there's a man going around taking names and hedecides who to free and who to blame, everybody won't be treated the same, there'll be a golden ladder reaching down when the Man comes around". Durante sus últimos años Johnny Cash se prodigó en cantar canciones sobre la muerte (Hurt, God's gonna cut you down...), pero en esta no se refería solo a la suya, sino a la de todos los hombres.
8. Bad moon rising, Creedence Clearwater Revival.
Habla aquí John Fogerty del destino fatal que les espera a los que salgan a la calle una noche como la de hoy: "don't go around tonight, it's a bound to take your life, there's a bad moon on the rise". Canciones apocalípticas pero de buen rollo, como debe ser.
9. When the word ends, Dave Matthews Band.
Salto de algunas décadas hasta los 90, cuando la Dave Matthews Band publicó su disco Everyday. When the world ends, rock suave en otra canción más sobre el final.
10. London calling, The Clash.
El Apocalipsis va por barrios, y en esta canción es a los londinenses a los que les toca escuchar las trompetas de Jericó. En London Calling habla Joe Strummer de catástrofes nucleares y glaciaciones letales que tendrán las orillas del Támesis como epicentro.
11. Revelations, Iron Maiden.
Durante años, servidor fue a una escuela de rock en la que le instruían sobre las grandes bandas del género, desde los Beatles hasta Black Sabbath. Allí conocí esta brutal Revelations que, para quien no lo sepa, significa Apocalipsis en inglés, ya que este libro de la Biblia se conoce también como el de las Revelaciones. Una concesión al heavy de Iron Maiden para la lista, ya que no podía faltar la banda que más ha cultivado el rock apocalíptico.
12. The end of the world, The Cure.
Esta es otra banda que, por estética, tiene pinta de ser docta en el asunto de la muerte y el final de los tiempos. Nunca he sido muy aficionado a The Cure, pero hay que reconocerles grandes temas como Friday I'm in love, Boys don't cry o esta The end of the world.
13. The man who sold the world, David Bowie.
Otro que probablemente tenga un pacto con los mayas es David Bowie, el pelirrojo con un ojo de cada color, experto en canciones sobre alienígenas, viajes espaciales y arañas invasoras. Aquí dejo The man who sold the world, el hombre que vendió al mundo, que más tarde hizo extra-famosa Kurt Cobain.
14. Sympathy for the Devil, The Rolling Stones.
No podían faltar los Stones, los embajadores del satanismo en la Tierra, que probablemente estén esperando a que llegue el fin del mundo para reencontrarse con su viejo colega el Diablo, interpretado magníficamente por Harvey Keitel, para mostrarle sus simpatías.
15. The end, The Doors.
La canción definitiva sobre el final de los finales. Quién no recuerda la escena inicial de Apocalypse Now, en que un palmeral vietnamita es asolado por napalm norteamericano mientras suena esta canción. "This is the end, my only friend, the end". Y con The end, llega también esta lista a su fin. Como diría Desmond Hume en Lost, see you in another life brother.
_____________________________________ This is the end, beautiful friend This is the end, my only friend The end of our elaborate plans The end of everything that stands, the end No safety or surprise, the end I'll never look into your eyes again
Leí hace poco en La Ruta Norteamericana sobre ese protomártir del folk americano que fue Woody Guthrie. La verdad es que sé más de él por las referencias de los grandes y por la cultura popular que por su propia música, ya que llego poco más allá del clásico This land is your land, Jesus Christ (letra alternativa de Jesse James, popularizada por Springsteen) y de una rareza filocomunista que me encontré un día sobre la batalla del Jarama, una radical oda de Guthrie a las Brigadas Internacionales, Jarama Valley (letra aquí). Asignatura pendiente, ya que para entender mejor a Dylan hay que escuchar lo que escuchaba Dylan.
El artículo de Fernando Navarro habla de cómo más de cincuenta años después de su muerte Guthrie está más vivo que nunca. Su música genera mucho más dinero ahora que cuando deambulaba por las autopistas norteamericanas con su guitarra, entre la cirrosis y la sobredosis. Además parece que muchos artistas se están juntando ahora para rendirle homenaje con motivo del centenario de su nacimiento que se cumple este 2012.
La imagen de Guthrie empuñando su guitarra como un fusil en el que está rotulado “Esta máquina mata fascistas” se aparece en la mente de cualquiera que piense en los primeros años de Dylan, el cual acudió a la gran ciudad para poder visitar al maestro en un hospital de Nueva Jersey, pocos años antes de que este muriera. Scorsese recuerda esta escena en No Direction Home, probablemente el mejor documental musical que se ha hecho nunca. También hay una referencia a este legendario encuentro entre Bob y Woody en esa extraña película llamada I’m not there, que a mí me gusta por las geniales interpretaciones de Cate Blanchett y Heath Ledger en la piel de Dylan. Una de las historias que aparecen en la película, a caballo entre el surrealismo, el simbolismo y el documental, es la de un chaval de color que se hace llamarWoody Guthrie y que, como hizo Dylan, recorre el país en trenes y autostop para encontrarse con el Guthrie verdadero y tocar con él algunos temas.
Guthrie, que ya componía canciones en la época de la Gran Depresión era un tipo especialmente sensible a lo que pasaba a su alrededor y a los sufrimientos de la sociedad. Quizás no nos vendría mal otro Woody Guthrie en los tiempos que corren.
Tras más de un mes de silencio, la primera entrada de 2012 se la va a llevar esa suerte de espectáculo primitivo que es el boxeo, y cómo no su relación con otro tipo de luchadores cuyo ring son los escenarios, las salas de cine o los tinteros. El boxeo es un deporte que pone en juego aspectos tan temperamentales de la personalidad del hombre que puede ser considerado algo más que un simple deporte. El hecho de combatir en igualdad de condiciones contra un semejante, sin más artificio que las doce cuerdas que rodean a los contrincantes, tal y como se podría haber hecho hace diez mil años, le da al boxeo un aire de transcendencia que lo convierte en un arte. El rival en el boxeo es uno mismo. Todo el odio que pueda haber contra el contrincante que te disputa el cinturón de campeón del mundo se queda fuera del cuadrilátero, sobre la tarima no hay nada personal: el rival representa la superación de los propios temores. A Hemingway le gustaba boxear porque, al igual que la caza o el toreo, es una disciplina que te permite mirar a la muerte cara a cara, y si eres fuerte burlarte de ella y alcanzar, aunque sea por un instante, la felicidad. Por eso el boxeo no es como otros deportes individuales, y no se puede comparar con los colectivos. Quizás solo con el rugby, noble deporte con el que comparte la idea de sacar lo mejor de uno mismo para ganar una batalla contra la propia personalidad. En esencia, el boxeo es una imagen de la eterna lucha del hombre por sobreponerse a las dificultades.
Ali derrotando a Foreman en Kinshasa, el combate más legendario.
Es una pena que en nuestro país el boxeo esté tan marginado, y que todo lo que nos llegue de él sean las películas de Hollywood. Y eso que aunque nunca hemos sido una potencia en este deporte no han faltado grandes figuras que han conseguido el título de los mejores del mundo en distintas categorías, como Cecilio Lastra, el también famoso por otras cosas Pedro Carrasco o el gran lince de Parla, Javier Castillejo ("Siete veces campeón del mundo y ninguna portada del Marca", en sabias palabras de Quique González).
El mundo del cine sí que ha sabido rendir tributo al boxeo, con grandes títulos como Million Dollar Baby, Cinderella Man, Huracán Carter, Ali o una de las películas favoritas del que escribe y de las mejores de Scorsese, Toro Salvaje, que narra el ascenso al Olimpo y posterior condena al infierno de Jake LaMotta, el Toro del Bronx. Sobre la vida de este legendario boxeador (cuya interpretación en el cine le valió un Oscar a Robert de Niro) hay un fantástico artículo en Jot Down, que podéis leer aquí. Por lo visto, a sus 90 años LaMotta sigue comiendo todos los días en un restaurante italiano del East Side de Manhattan, donde cuenta sus batallitas a curiosos de toda condición, soltándoles frases como "De vez en cuando lloro sin ningún motivo, solo recordando cómo ha sido mi vida. Mucha gente no lo entenderá y otros se alegrarán. Yo les digo: quién pudiera reír como llora Jake LaMotta". Después de haber sido un héroe reconocido por todos y de haber sido despreciado por aquellos que le coronaron, solo un grande puede permitirse frases así. Jake LaMotta lo es.
Cambiando de tercio, en el mundo de la música también hay múltiples muestras de afición al boxeo. Una de las mejores canciones de Bob Dylan, Hurricane, está dedicada al mítico Rubin "Huracán" Carter, aspirante al campeonato de los pesos medios que fue injustamente acusado de un triple asesinato y encarcelado tal y como narra la canción.
Y no hace falta irse tan lejos para encontrar canciones de boxeo. En España dos grandes músicos reflejan en sus canciones su afición: Enrique Bunbury y, cómo no, Quique González. Desde la portada del Flamingos se puede intuir el gusto de Bunbury por los rings, que queda patente en El club de los imposibles, canción en que se incluye de fondo la narración de un combate, o en otro tema como El boxeador, del disco Las Consecuencias. Quique González es un grandísimo aficionado, seguidor de Daniel "la Cobra" Rasilla, como se ve en el documental Las Gafas de Mike. Son unas cuantas las canciones de Quique dedicadas a boxeadores, de hecho en un principio La Noche Americana se planteó como un disco conceptual sobre el mítico "Kid Chocolate", a quien Quique ha convertido en su álter ego. El Campeón y la propia Kid Chocolate son buenos ejemplos del idilio de Quique con los asaltos, con esas imágenes tan americanas de combates, hoteles y ciudades frías presentes en tantas canciones suyas.
Esta ha sido mi pequeña aportación al boxeo, ese arte menospreciado que por los valores que ensalza debería contar con algo más de atención en nuestro país. A la gente desde luego le gustan las canciones y las películas de boxeadores, así que ¿por qué no iba a cuajar?