lunes, 12 de noviembre de 2012

Los mercaderes del templo




El otro día Windows me sufragó medio concierto de Leiva e Iván Ferreiro. A mí y a otros 700 individuos que, puntualmente, obtuvimos nuestra invitación gratuita un par de días antes, convirtiéndonos automáticamente en muñeco vudú de millares de quinceañeras excéntricas que estarían deseando calarse desde el mediodía a la puerta de la Joy para gritar durante alguna canción de Pereza y durante algún tramo de Turnedo, de Ferreiro. El panorama dentro de la sala anticipaba la instalación, unas calles más allá, del anodino escenario navideño de Cortilandia, con fluorescentes publicitarios del imperio Gates, televisiones mostrando las bondades de tal o cuál apero informático que escapa a mi conocimiento y sombreritos gratis para todos, como en un octavo cumpleaños en la piscina. Congregados allí los presentes, salió a escena Toni Garrido, ese locutor de voz grave y pelo hirsuto que, por exigencias del guión, nos lanzó la propaganda de turno mientras se burlaba interiormente de un público que pensaba “¿Toni qué?”. Yo, que perdí media infancia el día en que Zubizarreta convirtió en gol en propia meta lo que parecía un pase sobre Finidi, desconfío desde entonces de todo lo susceptible de revestir solemnidad. Y como revestir el acto de solemnidad era lo que el organizador pretendía mediante este presentador ad hoc, pues desconfié. 

Nigeria 3-2 España, Mundial de Francia 98

Salió Ferreiro, seis canciones. Salió Garrido, hizo un par de preguntas just for the record al gallego. “¿Windows qué?” respondió, “Ya sabes, estamos celebrando el lanzamiento de Windows 8”, ante lo que el cuarentón de 1’60 concluyó “Sí, sí… ha sido una experiencia musical”. Y entonces el músico se retiró en un carro alado tirado por dos caballos incandescentes. Salió Leiva, seis canciones. Los decibelios de la platea aumentaron considerablemente, pero no creo que porque todos fueran de la Alameda de Osuna. Vi al maestro César Pop otear el cielo de la Joy con el ceño fruncido, fijar la mirada en la cartelería de una firma de ordenadores y pensar por un momento “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, pensamiento que se disipó cuando sonaron las guitarras de los hermanos Conejo Torres y todo volvió a la normalidad. Durante el set de Leiva reapareció Ferreiro para cantar al alimón y por primera vez en directo Anticiclón, canción potente, enérgica y energética a pesar de que los intérpretes necesitaron de un aparatoso atril con la chuleta de la letra que ocultaba el cuerpo de Ferreiro hasta la altura de la garganta. Salió Toni Garrido, hizo un par de preguntas a los dos músicos, “No sé, en realidad ha sido Iván el que se ha encargado de la tecnología”, a lo que Iván replicó “¿Windows qué?”. Se retiraron presentador, músicos y respetable, terminó el medio concierto.

Musicalmente fueron impecables. La banda de Iván Ferreiro suena sólida y curtida como pocas en España, y la voz sigue sonando con la fuerza de los tiempos remotos de los Piratas. La Leiband, como se hacen llamar ahora los acólitos del perro flaco de la Alameda, suena cada día mejor y se nota la compenetración Leiva-Juancho-Pop en la fluidez de las canciones. Fueron doce temas escogidos entre lo más granado de los repertorios de sendos artistas que sonaron a Riviera pagando veinte euros. Todo genial hasta que uno reparaba en que al acabar solo eran las 21:00, era en Joy y los que invitaban eran los americanos. Pero Edu, ¿si fue gratis qué más te da? No es eso, me alegré mucho de ir y disfruté del show, un rato viendo a Leiva y Ferreiro, por corto que sea, siempre es agradable. He ido a magníficos conciertos sin pagar un duro, entre los que destaco uno de Ariel Rot en La Riviera por cuenta y riesgo de un gimnasio (no sé muy bien cómo conseguí colarme entre tanto bíceps definido) y uno antológico de Loquillo en las fiestas de La Elipa, entre algodón de azúcar y cubatas de ron barato. En Joy simplemente vi con tristeza el poder del marketing para con el rock en toda su crudeza. Si quieren pagar conciertos de los músicos que me gustan yo encantado, pero me da pena verlos así, en conciertos que se emiten en streaming en YouTube y con una zona vip plagada de ingenieros informáticos. No sé de quién es la culpa de dejarme esta sensación agridulce, ya que el pobre Iván Ferreiro no parecía haber tocado un ordenador en su vida y lo más tecnológico que tiene Leiva en su casa es un secador de pelo, por lo que sospecho (y celebro) que solo estaban allí para cobrar. Pero por otro lado pensé que un músico como Quique González (lo siento, siempre acabo igual) nunca habría participado de ese circo. Serán los tiempos de crisis, por lo que señalaré inquisitorialmente a Windows como diana de la cólera de los dioses. Fui, y repito, me alegré, pero los que somos fans irredentos de Alta Fidelidad sentimos ligeros escalofríos cuando vemos que los mercaderes han entrado en el templo.


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Cuando fuimos los mejores
nuestro otro yo nos acechaba.
Mercaderes de deseos,
habitantes de la nada.

viernes, 19 de octubre de 2012

Con Wilco la vida puede ser maravillosa


Estamos a viernes en el momento en que me pongo a escribir estas líneas. Llevo tres días paladeando uno de los mejores conciertos a los que he ido nunca. Las cosas buenas hay que saborearlas, como el regusto que deja el primer gin tonic, que llena de felicidad los instantes previos a que te sirvan el segundo. Quizás no fuera un concierto sublime (como los promotores lo habían bautizado) desde el punto de vista técnico-logístico, para nada por el recinto, tampoco por la extensión, que fue normal sin más, y supongo que tampoco por el repertorio, al que mentes retorcidas como la mía pueden reprochar algunas ausencias. Me da igual. Yo juzgo por la energía, por la emoción que los músicos intentan transmitir con sus balas, las canciones, y en ese sentido fue un concierto brillante, impecable, de los que se recuerdan. Sí, estoy hablando de Wilco, probablemente la mejor banda de rock del mundo en estos momentos.

Los meses previos al concierto, el día en que pagas las entradas a tu hermano... Ese momento en que el concierto ya ha empezado en la cabeza de uno y se empieza a estudiar concienzudamente el posible repertorio. La anticipación alevosa de la felicidad es un rito, como la fábula del zorro de Saint Exupery, a la que ya me he referido alguna vez: "Si sé que vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a estar feliz desde las tres. A medida que se acerque la hora más feliz me sentiré. A las cuatro estaré agitado e inquieto; ¡comenzaré a descubrir el precio de la felicidad!". 
Nunca me había preparado tanto para un concierto, pues reconozco que antes de tener las entradas para Vistalegre solo conocía a la perfección el Being There y el Yankee Hotel Foxtrot, había prestado poca atención a Summerteeth y Sky Blue Sky, y apenas había oído nada más. Pobre infeliz. Descubrir el maravilloso mundo de canciones desconocidas como Passenger side, Hummingbird, Born Alone..., redescubrir Via Chicago, Can't Stand It, A Shot in the Arm o Impossible Germany  ha sido mi búsqueda del tiempo perdido, una experiencia emocional redentora. Qué gran verano escuchando a Wilco.


Podría hablar de ese tenebroso Stonehenge carabanchelero que es el Palacio de Vistalegre y la incomprensible decisión de hacer un concierto para 3.000 personas en un recinto para 10.000. Podría desenvainar la espada contra la promotora del concierto por permitir que algunas notas de la banda más detallista se perdieran, entre bruma y humo de canuto, en las oscuras bóvedas de la plaza de toros. Me niego, no quiero. Disfruté tanto del concierto que me engañaría a mí mismo fantaseando sobre cómo podría haber sido de haberse fraguado en mejores condiciones. 
No quiero prodigarme en los pormenores musicales del concierto, críticas las hay mejores y más precisas (no así las de El Mundo y ABC, mejor leer Esa Canción me Suena, o Calle 51), pero no puedo evitar mencionar los que yo viví como momentos cumbre de la velada. Impossible Germany, la mejor canción de rock para adultos, fue ese torrente incesante en el que los solos sobre la escala mayor que salían de la Fender Jaguar de Nels Cline se colaron hasta lo más profundo de los privilegiados asistentes. Born Alone, mi favorita del último disco, brillante melodía pop con final electrizante. Las dos referencias al A.M., el menos experimental de los discos de Wilco, fueron brutales: la cañera Box Full of Letters y la sentimental Passenger Side. Qué grande es Jeff Tweedy, joder. Es el Bob Dylan del siglo XXI, el Quique González americano, el rockero atormentado que todos hemos querido ser. El primer cuadro terminó con A Shot in the Arm (a propósito de esta canción recomiendo de nuevo leer la última entrada de Esa Canción me Suena), que sí que fue ciertamente sublime. Y los bises, ¡oh los bises!, cuando culmina todo lo que llevas meses escuchando, la suerte suprema que mantendrá el concierto vivo en la memoria. Via Chicago es, sencillamente, una jodida obra maestra; de Jesus, etc. todo lo que pueda decir es poco, ya que puede que sea la mejor canción de los últimos 40 años; Outtasite y Monday son un bombardeo de rock; y Hoodoo Voodoo un epígono funky para una noche redonda.


Llegados a este punto pido perdón por mi desaliñada prosa tan centrada en canciones, en detalles y en momentos que quizá carezcan para el lector de la relevancia que tienen para mí, sé que no soy nada parcial. Pero qué carajo, ¿alguien lo es? Estoy convencido de que durante algo más de horas, muchas personas vivieron en Vistalegre grandes momentos escuchando a una banda de rock. Ha sido la primera vez que he visto a Wilco sobre un escenario y sé que no será la última porque, después de haberles visto en Madrid esta semana, puedo decir que mi vida es un poco mejor.
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Jesus, don't cry,you can rely on me, honey
You can combine anything you want
I'll be around, you were right about the stars
Each one is a setting sun

Tall buildings shake
Voices escape singing sad sad songs
tuned to chords 
Strung down your cheeks
Bitter melodies turning your orbit around



sábado, 29 de septiembre de 2012

La banda sonora del otoño



Sucedió, como casi todas las cosas malas, inesperadamente. Llovía, es cierto, pero nada parecía diferenciar esos dos minutos bajo el agua entre mi casa y la boca metro de cualquier otra tormenta de verano, de ahí mi indiferencia. Por desgracia, cuando media hora más tarde subí las escaleras de mi estación de destino, la salvaje tormenta no había hecho más que avivarse. Y los cuatro minutos que me separaban de la puerta de la universidad fueron cruelmente reveladores: el verano llegaba a su fin. Su llegada fue sonada, con tiempo suficiente para preparar cuerpo y alma, pero se fue sin despedirse, sin cerrar la puerta al salir y con la ceniza del cigarrillo aún humeando. Normalmente es un trayecto agradable, los doscientos metros que mide la calle Mártires de Alcalá los aprovecho para repetir alguna de las canciones que más me gustan del disco que venía oyendo en el metro, mientras supero sin prisa la ligera pendiente que llega hasta Alberto Aguilera. Irónicamente, la canción de ese día era Flacos y Famosos, de César Pop, que me dejó grabada en la mente la frase “que te resguardes cuando se ponga a llover, y te sepas mojar cuando sea necesario”. Ojalá hubiera hecho caso. Al enfilar la cuesta vi cómo descendían hacía la calle Princesa los torrentes del mundo, y parecía que se habían puesto de acuerdo todos para desembocar en mis ajadas Converse. Remonté a duras penas la pendiente, que si otros días es ligera ayer parecía más dura que las rampas del Alpe d’Huez. El momento crítico llegó en el cruce con Santa Cruz de Marcenado, con la pancarta de meta ya a la vista. El Ganges en pleno deshielo confluía con el Amazonas, y yo estaba en medio. Cuando por fin llegué, me consoló ver que no era el único cuya ropa destilaba los efluvios del primer invierno, y que muchas chicas tenían el rostro desencajado porque parecían recién salidas del último baño en la piscina que se iban a pegar esta temporada.

Así me sobrevino a mí el otoño, que no es más que un eufemismo del invierno, con las canciones de César Pop sonando. Las previsiones anticipan unos últimos días de tregua a partir de esta tarde, un veranillo de San Miguel que no es verano, sino una transición nostálgica y melancólica a los fríos de octubre, mes que este año empezó en la lluviosa mañana del 28 de septiembre. Yo soy un nostálgico, y me gusta prolongar los buenos momentos más allá de lo que dicta la razón, por eso hoy me voy a ver a Leiva a las fiestas de Las Rozas, dos conceptos (Leiva y las fiestas de los pueblos) que encajan perfectamente en el contexto de estos días en que uno no sabe si camiseta o abrigo. Los nubarrones de ayer se han despejado, al menos por unas horas, permitiendo que esta noche esté allí el maestro Pop acompañando al teclado al killer Leiva, dos genios a la hora de poner letra y música a estos momentos, los autores de la banda sonora del otoño.

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El día de la despedida del veranillo de San Miguel,
mientras los pequeños llenan sus mochilas,
yo empiezo un nuevo curso también.
Para recoger de lo sembrado
lo que se nos haya dado bien,
y entender que al saltar no siempre se puede caer de pie.

Y entender que al partir no se debiera pensar en volver.
Y entender que al saltar no siempre se puede caer de pie.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Tan joven y tan viejo


Hace unas semanas me dio por escribir sobre los grandes jugadores que han lucido el dorsal número 14 sobre un campo de fútbol. Me faltaba uno por una cuestión puramente iconográfica, Esteban Granero, 14 de corazón, de hechura y de definición lucía el triste 11 en el Real Madrid, ya que es Xabi Alonso, el padrino del Pirata, quien velará por ese doble dígito hasta que venga un digno sucesor. Pues bien, gana el Madrí la Supercopa y Granero, harto de que desfilen ante él Oziles, Modrics y Essienes coge la puerta y se va. Con un par. Y como no puede ser de otra manera será el 14 de su nuevo equipo, el Queens Park Rangers. Y no queda ahí la cosa, resulta que el día de su debut en Loftus Road, tras empatar el QPR contra el Chelsea de otro rocker madridista como Juan Mata, aparece en el twitter de Leiva (sí, Leiva el de Leiva) esta foto:


Porque a veces, en Londres, sucede que las estrellas se alinean para formar una constelación radiante y luminosa como la que más. No eran Lennon, Richards y Clapton los que se reunieron en Picadilly, eran Granero, Leiva y Quique González los que aprovecharon la ocasión para celebrar la comunión eterna entre rock y fútbol. Ya lo dije en otra ocasión anterior, Granero es rock. Me vi tentado de escribir sobre él cuando apareció entrevistado en la portada de Jot Down, un reportaje en el que el protagonista menciona a Brahms, Kubrick, Coppola, Carver, Salinger, Kafka, Lucinda Williams, Wilco, Quique González y Leiva, por lo que no puede no puede decepcionar. Como aguanté el impulso entonces, reproduzco ahora su respuesta cuando le preguntan cuál le gustaría que fuera la última canción que oiría antes de morir: "si no tuviera escapatoria... me pondría a Quique González, una canción que no está editada todavía, estará el año que viene, él aún no tiene claro el nombre... pero no puedo decir de qué va... ¡Voy a cambiar de canción! Pondría Tan joven y tan viejo de Sabina". Ídolo, like a rolling stone. Porque él, tan joven como es, es tan viejo que no podría haber cogido otra canción, tan generacional, tan autobiográfica para los melancólicos. Incluso se permite lanzar un guiño al próximo disco del Kid. Precisamente es Sabina quien, junto a Serrat, compadrea con (genuflexión) José Tomás en la misma medida en que lo venera. Los buques insignia de una generación de cantautores rendidos al arte de un torero. Leiva y Quique, generación heredera de la de Sabina, apadrinan a otro torero como el Pirata en su dimensión artística, que no es pequeña. 
Una vez apareció Granero por el palco de Canal+ en San Isidro, y entrevistado por el futbolero-taurino Juan Carlos Sánchez se confesó como aficionado a los toros y descendiente de toreros. Pues bien, leía hace poco en el anecdotario de Rubén Amón No puede ser y además es imposible sobre un matador, virtuoso del violín, que al final se decantó por dejar la música en favor de la sangre de los toros. Se llamaba Manuel Granero. ¿Será su bisabuelo? Como soy una persona que a veces se permite creer en algunas cosas sin fundamento ninguno, voy a creer que sí, que lo es, y que parte del arte y la sensibilidad del Pirata, Juan Belmonte de la Premier y Jim Hawkins de los Rangers, se deben a que pertenece a esa casta férrea y eterna de seres sobrehumanos que son los matadores de toros. 
Triste, porque se va el más madridista de los pocos madridistas que quedaban en el Madrid. Pero contento, porque el mismo día en que José Tomás, entre poetas, premios Nobel y la crema de la cultura, firmó la mayor epopeya nunca vista en una plaza de toros, Esteban Granero salía, con el 14 en la espalda, por la puerta grande de Loftus Road, vigilado desde la grada por los poetas de su generación, de la contracultura como él, en la ciudad de la contracultura de los Stones y de los Clash.


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Así que de momento nada de adiós, muchachos
Me duermo en los entierros de mi generación
Cada noche me invento, todavía me emborracho
Tan joven y tan viejo, like a rolling stone


domingo, 29 de julio de 2012

El insomnio y el silencio


Hay noches en que hay tanto ruido en la mente y tantas dudas alrededor del pensamiento que dormir es imposible. Supongo que el silencio es lo que pasa en el mundo cuando esto ocurre. Entonces cualquier excusa es válida: esta noche mi mecanismo de defensa ha sido fácil, y en vez de dar vueltas en la cama he acabado viendo otra vez la gran crónica del insomnio y el silencio, Lost in Translation. Probablemente, nunca una película consiguió decir tanto con los silencios. Dos insomnes desconocidos, Scarlett Johansson y Bill Murray, almas en pena en una ciudad hostil, encuentran sus lugares comunes en Tokio, entre neón y ruido de videoconsola. Ella pasa las horas sentada junto a la ventana de su habitación, ante la inmensidad de la ciudad, con la mirada triste perdida entre los rascacielos, como buscando respuestas en las ventanas de los edificios. Él bebe whisky en el bar del hotel, consumiendo el tiempo de su vida con el mismo propósito con que se disipa el humo de su puro en el techo de la sala, ninguno. Hasta que se conocen. Los personajes convierten sus respectivas soledades en una y buscan consuelo en la intimidad del otro. No necesitan palabras para entenderse, porque los sentimientos se pueden perder en la traducción al lenguaje. Y aun cuando en la escena final de la película Murray susurra algo al oído de Scarlett en medio de la calle, rodeado de carteles luminosos y colegialas japonesas, no necesitamos escuchar las palabras, inaudibles entre la multitud, porque gracias a nuestra imaginación convertimos ese silencio en la música de las emociones, y las emociones no se pueden perder en la traducción.


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En Tokio solo hay cuervos, y en mi corazón un hueco
donde solo se oye el eco de tu voz
Me voy al aeropuerto. Sobran los momentos
en que todos me preguntan dónde estoy
He estado tantas veces en lugares a los que nunca fui
A veces necesito separarme de ti

martes, 24 de julio de 2012

This city won't ever drown


Los que hayan visto el documental que acompaña al Daiquiri Blues de Quique González recordarán la historia de la canción Riesgo y Altura, contada por sus autores (Quique y César Pop) y por el productor Brad Jones, que aprovecha para explicar el sentido primigenio de las notas con que los vientos van a aderezar la base melódica compuesta por Pop. Para quien no lo haya visto, lo cuento aquí. Jones cuenta cómo en los funerales tradicionales de Nueva Orleans, de camino al cementerio, las brass bands acompañan al cortejo fúnebre con marchas lentas, donde los metales lloran al paso lento de la comitiva, encabezada por dos caballos, uno negro, como la muerte, y otro blanco, como la vida que se escapa, que tiran del fatídico carro donde descansa el cadáver. Una vez enterrado el difunto toca celebrar con música que los demás seguimos en este mundo, así se hace en Nueva Orleans, y se vuelve a hacer el camino en la dirección contraria, esta vez con marchas rápidas, festivas, que incitan a hombres y mujeres a bailar mientras agitan sus pañuelos con emoción sacrosanta. Así evolucionó la música de Nueva Orleans, cuna del jazz, ciudad donde van a parar todos los ritmos que arrastra la corriente del Mississippi desde el norte del delta: el góspel, el blues y más tarde el rock and roll.


Este relato de Brad Jones me ha venido a la cabeza varias veces últimamente, pues acabo de terminar de ver la segunda (y por ahora última) temporada de Treme, probablemente la serie perfecta para los aficionados a la música americana. Treme, o Tremé, que es el barrio más musical de Nueva Orleans (It's the musical heart of New Orleans, which is the musical heart of America dice Steve Earle), relata la vida de una comunidad que trata de levantarse tras la estocada casi mortal que el Katrina asestó a la ciudad. Los protagonistas se intentan sobreponer a la miseria y el caos que la tormenta dejó, con la música siempre como vía de escape para salvar la vida, en la ciudad en que la vida y la muerte bailan más juntas de todo el mundo civilizado. El reparto está repleto de personajes carismáticos como Cray, el atormentado profesor de literatura interpretado por John Goodman; su mujer, la valiente abogada Toni Bernette; el vividor y virtuoso del trombón Antoine Battiste, depositario de toda la tradición musical de Treme; el desaliñado DJ y músico incombustible Davis McAlary, con sus reivindicaciones pseudo-políticas; el holandés Sonny, pianista-guitarrista callejero adicto a todo; y la exótica Annie (Lucia Micarelli), siempre acompañada de su violín, que realmente interpreta ella en la serie. Además, en casi todos los episodios nos sorprende el cameo de alguna estrella como Elvis Costello, Lucinda Williams, John Hiatt, Dr. John y, con un papel bastante importante y continuado en las dos temporadas, Steve Earle, que interpreta a un músico callejero bonachón y musicalmente enciclopédico. De hecho, Earle compuso una canción para la serie, o más bien para la ciudad, la enorme This City, que luego apareció en su disco I'll never get out of this world alive. Todos los personajes que aparecen, protagonistas o secundarios, tienen en común estar enamorados de Nueva Orleans, de sus tradiciones centenarias, de sus Second Lines callejeras, de las raíces cajún-españolas-francesas-afroamericanas del delta, de los grupos de indios que se preparan todo el año para lucir sus galas en el carnaval, del Mardi Gras eterno de la ciudad creciente.

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This city won't wash away, this city won't ever drown
Blood in the water and hell to pay, sky turned gray when the pain rained down
Doesn't matter, let come that may, I ain't ever going to leave this town
This city won't wash away, this city won't ever drown

Ain't the river or the wind to blame as everybody around here knows
Nothing holding back Pontchartrain except a prayer and a promise's ghost
This town's digging our graves in solid marble above the ground
Maybe our bones will wash away, this city won't ever drown
This city won't ever die, just as long as our heart be strong

sábado, 14 de julio de 2012

Cada vez que llega el verano


Cada vez que llega el verano, en el sentido más burocrático del término, es decir, cuando termina el último examen o se activa el email automático “I’m out of office, please contact…”, uno vuelve irremediablemente a la infancia, a la nostalgia, a la melancolía de los veranos largos de hace años. Al menos a mí me pasa. Por unos momentos se olvidan totalmente las ataduras al mundo real y se tiene una dimensión eterna del verano, que no es otra cosa que volver a la más cándida niñez. Dura solo unos instantes, hasta que te das cuenta de que en tres semanas estarás de nuevo en la oficina, o que antes del viernes tienes que matricularte de las asignaturas suspensas.
A mí el verano me recuerda al Principito, a viajes en avioneta alrededor del mundo, a la posibilidad de coger tu taburete y desplazarte a otra parte de tu pequeño planeta para ver tantas puestas de sol como desees, me recuerda al zorro que, en esa escena que hace poco recordaba Fernando Navarro en su genial blog La Ruta Norteamericana, le dice al joven príncipe que los ritos son importantes: “Si sé que vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a estar feliz desde las tres. A medida que se acerque la hora más feliz me sentiré. A las cuatro estaré agitado e inquieto; ¡comenzaré a descubrir el precio de la felicidad!”.
Y es que, en definitiva, la llegada del verano es un rito despojado de toda solemnidad. Conforme se va acercando el momento de decir “hasta más ver” al curro o al estudio la sangre se acelera en las venas y el corazón palpita a ritmo trepidante. Los planes que durante el año se han ido posponiendo hasta estas fechas van tomando cuerpo, aunque uno sabe perfectamente que es imposible tachar todos de su lista: este verano voy escribir en el blog cada día, voy a leerme 30 libros, entre ellos el Ulises y el Quijote, voy a ver tres series nuevas y dos que ya he visto, voy a beberme doce gin tonics en cada bar de Madrid y alrededores, voy a saberme de memoria las discografías de Wilco, Steve Earle y Lucinda Williams, voy a ver en el cine todas las películas que no vi durante el año, voy a... Pero parte de la felicidad de esos objetivos está en fijarlos, en desear que llegue el verano para tener la oportunidad de llevarlos a cabo. Igual que de pequeño uno deseaba ser mayor para acostarse tarde, conducir, tomarse sus copas y, en sus ensoñaciones, el chaval era feliz, la llegada del verano es ese regreso al pasado, a no tener que mirar el reloj, a la felicidad de no tener horizonte.
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De pequeño me enseñaron a querer ser mayor
De mayor quiero aprender a ser pequeño
Y así cuando cometa otra vez el mismo error
Quizás no me lo tengas tan en cuenta