sábado, 29 de septiembre de 2012

La banda sonora del otoño



Sucedió, como casi todas las cosas malas, inesperadamente. Llovía, es cierto, pero nada parecía diferenciar esos dos minutos bajo el agua entre mi casa y la boca metro de cualquier otra tormenta de verano, de ahí mi indiferencia. Por desgracia, cuando media hora más tarde subí las escaleras de mi estación de destino, la salvaje tormenta no había hecho más que avivarse. Y los cuatro minutos que me separaban de la puerta de la universidad fueron cruelmente reveladores: el verano llegaba a su fin. Su llegada fue sonada, con tiempo suficiente para preparar cuerpo y alma, pero se fue sin despedirse, sin cerrar la puerta al salir y con la ceniza del cigarrillo aún humeando. Normalmente es un trayecto agradable, los doscientos metros que mide la calle Mártires de Alcalá los aprovecho para repetir alguna de las canciones que más me gustan del disco que venía oyendo en el metro, mientras supero sin prisa la ligera pendiente que llega hasta Alberto Aguilera. Irónicamente, la canción de ese día era Flacos y Famosos, de César Pop, que me dejó grabada en la mente la frase “que te resguardes cuando se ponga a llover, y te sepas mojar cuando sea necesario”. Ojalá hubiera hecho caso. Al enfilar la cuesta vi cómo descendían hacía la calle Princesa los torrentes del mundo, y parecía que se habían puesto de acuerdo todos para desembocar en mis ajadas Converse. Remonté a duras penas la pendiente, que si otros días es ligera ayer parecía más dura que las rampas del Alpe d’Huez. El momento crítico llegó en el cruce con Santa Cruz de Marcenado, con la pancarta de meta ya a la vista. El Ganges en pleno deshielo confluía con el Amazonas, y yo estaba en medio. Cuando por fin llegué, me consoló ver que no era el único cuya ropa destilaba los efluvios del primer invierno, y que muchas chicas tenían el rostro desencajado porque parecían recién salidas del último baño en la piscina que se iban a pegar esta temporada.

Así me sobrevino a mí el otoño, que no es más que un eufemismo del invierno, con las canciones de César Pop sonando. Las previsiones anticipan unos últimos días de tregua a partir de esta tarde, un veranillo de San Miguel que no es verano, sino una transición nostálgica y melancólica a los fríos de octubre, mes que este año empezó en la lluviosa mañana del 28 de septiembre. Yo soy un nostálgico, y me gusta prolongar los buenos momentos más allá de lo que dicta la razón, por eso hoy me voy a ver a Leiva a las fiestas de Las Rozas, dos conceptos (Leiva y las fiestas de los pueblos) que encajan perfectamente en el contexto de estos días en que uno no sabe si camiseta o abrigo. Los nubarrones de ayer se han despejado, al menos por unas horas, permitiendo que esta noche esté allí el maestro Pop acompañando al teclado al killer Leiva, dos genios a la hora de poner letra y música a estos momentos, los autores de la banda sonora del otoño.

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El día de la despedida del veranillo de San Miguel,
mientras los pequeños llenan sus mochilas,
yo empiezo un nuevo curso también.
Para recoger de lo sembrado
lo que se nos haya dado bien,
y entender que al saltar no siempre se puede caer de pie.

Y entender que al partir no se debiera pensar en volver.
Y entender que al saltar no siempre se puede caer de pie.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Tan joven y tan viejo


Hace unas semanas me dio por escribir sobre los grandes jugadores que han lucido el dorsal número 14 sobre un campo de fútbol. Me faltaba uno por una cuestión puramente iconográfica, Esteban Granero, 14 de corazón, de hechura y de definición lucía el triste 11 en el Real Madrid, ya que es Xabi Alonso, el padrino del Pirata, quien velará por ese doble dígito hasta que venga un digno sucesor. Pues bien, gana el Madrí la Supercopa y Granero, harto de que desfilen ante él Oziles, Modrics y Essienes coge la puerta y se va. Con un par. Y como no puede ser de otra manera será el 14 de su nuevo equipo, el Queens Park Rangers. Y no queda ahí la cosa, resulta que el día de su debut en Loftus Road, tras empatar el QPR contra el Chelsea de otro rocker madridista como Juan Mata, aparece en el twitter de Leiva (sí, Leiva el de Leiva) esta foto:


Porque a veces, en Londres, sucede que las estrellas se alinean para formar una constelación radiante y luminosa como la que más. No eran Lennon, Richards y Clapton los que se reunieron en Picadilly, eran Granero, Leiva y Quique González los que aprovecharon la ocasión para celebrar la comunión eterna entre rock y fútbol. Ya lo dije en otra ocasión anterior, Granero es rock. Me vi tentado de escribir sobre él cuando apareció entrevistado en la portada de Jot Down, un reportaje en el que el protagonista menciona a Brahms, Kubrick, Coppola, Carver, Salinger, Kafka, Lucinda Williams, Wilco, Quique González y Leiva, por lo que no puede no puede decepcionar. Como aguanté el impulso entonces, reproduzco ahora su respuesta cuando le preguntan cuál le gustaría que fuera la última canción que oiría antes de morir: "si no tuviera escapatoria... me pondría a Quique González, una canción que no está editada todavía, estará el año que viene, él aún no tiene claro el nombre... pero no puedo decir de qué va... ¡Voy a cambiar de canción! Pondría Tan joven y tan viejo de Sabina". Ídolo, like a rolling stone. Porque él, tan joven como es, es tan viejo que no podría haber cogido otra canción, tan generacional, tan autobiográfica para los melancólicos. Incluso se permite lanzar un guiño al próximo disco del Kid. Precisamente es Sabina quien, junto a Serrat, compadrea con (genuflexión) José Tomás en la misma medida en que lo venera. Los buques insignia de una generación de cantautores rendidos al arte de un torero. Leiva y Quique, generación heredera de la de Sabina, apadrinan a otro torero como el Pirata en su dimensión artística, que no es pequeña. 
Una vez apareció Granero por el palco de Canal+ en San Isidro, y entrevistado por el futbolero-taurino Juan Carlos Sánchez se confesó como aficionado a los toros y descendiente de toreros. Pues bien, leía hace poco en el anecdotario de Rubén Amón No puede ser y además es imposible sobre un matador, virtuoso del violín, que al final se decantó por dejar la música en favor de la sangre de los toros. Se llamaba Manuel Granero. ¿Será su bisabuelo? Como soy una persona que a veces se permite creer en algunas cosas sin fundamento ninguno, voy a creer que sí, que lo es, y que parte del arte y la sensibilidad del Pirata, Juan Belmonte de la Premier y Jim Hawkins de los Rangers, se deben a que pertenece a esa casta férrea y eterna de seres sobrehumanos que son los matadores de toros. 
Triste, porque se va el más madridista de los pocos madridistas que quedaban en el Madrid. Pero contento, porque el mismo día en que José Tomás, entre poetas, premios Nobel y la crema de la cultura, firmó la mayor epopeya nunca vista en una plaza de toros, Esteban Granero salía, con el 14 en la espalda, por la puerta grande de Loftus Road, vigilado desde la grada por los poetas de su generación, de la contracultura como él, en la ciudad de la contracultura de los Stones y de los Clash.


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Así que de momento nada de adiós, muchachos
Me duermo en los entierros de mi generación
Cada noche me invento, todavía me emborracho
Tan joven y tan viejo, like a rolling stone


domingo, 29 de julio de 2012

El insomnio y el silencio


Hay noches en que hay tanto ruido en la mente y tantas dudas alrededor del pensamiento que dormir es imposible. Supongo que el silencio es lo que pasa en el mundo cuando esto ocurre. Entonces cualquier excusa es válida: esta noche mi mecanismo de defensa ha sido fácil, y en vez de dar vueltas en la cama he acabado viendo otra vez la gran crónica del insomnio y el silencio, Lost in Translation. Probablemente, nunca una película consiguió decir tanto con los silencios. Dos insomnes desconocidos, Scarlett Johansson y Bill Murray, almas en pena en una ciudad hostil, encuentran sus lugares comunes en Tokio, entre neón y ruido de videoconsola. Ella pasa las horas sentada junto a la ventana de su habitación, ante la inmensidad de la ciudad, con la mirada triste perdida entre los rascacielos, como buscando respuestas en las ventanas de los edificios. Él bebe whisky en el bar del hotel, consumiendo el tiempo de su vida con el mismo propósito con que se disipa el humo de su puro en el techo de la sala, ninguno. Hasta que se conocen. Los personajes convierten sus respectivas soledades en una y buscan consuelo en la intimidad del otro. No necesitan palabras para entenderse, porque los sentimientos se pueden perder en la traducción al lenguaje. Y aun cuando en la escena final de la película Murray susurra algo al oído de Scarlett en medio de la calle, rodeado de carteles luminosos y colegialas japonesas, no necesitamos escuchar las palabras, inaudibles entre la multitud, porque gracias a nuestra imaginación convertimos ese silencio en la música de las emociones, y las emociones no se pueden perder en la traducción.


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En Tokio solo hay cuervos, y en mi corazón un hueco
donde solo se oye el eco de tu voz
Me voy al aeropuerto. Sobran los momentos
en que todos me preguntan dónde estoy
He estado tantas veces en lugares a los que nunca fui
A veces necesito separarme de ti

martes, 24 de julio de 2012

This city won't ever drown


Los que hayan visto el documental que acompaña al Daiquiri Blues de Quique González recordarán la historia de la canción Riesgo y Altura, contada por sus autores (Quique y César Pop) y por el productor Brad Jones, que aprovecha para explicar el sentido primigenio de las notas con que los vientos van a aderezar la base melódica compuesta por Pop. Para quien no lo haya visto, lo cuento aquí. Jones cuenta cómo en los funerales tradicionales de Nueva Orleans, de camino al cementerio, las brass bands acompañan al cortejo fúnebre con marchas lentas, donde los metales lloran al paso lento de la comitiva, encabezada por dos caballos, uno negro, como la muerte, y otro blanco, como la vida que se escapa, que tiran del fatídico carro donde descansa el cadáver. Una vez enterrado el difunto toca celebrar con música que los demás seguimos en este mundo, así se hace en Nueva Orleans, y se vuelve a hacer el camino en la dirección contraria, esta vez con marchas rápidas, festivas, que incitan a hombres y mujeres a bailar mientras agitan sus pañuelos con emoción sacrosanta. Así evolucionó la música de Nueva Orleans, cuna del jazz, ciudad donde van a parar todos los ritmos que arrastra la corriente del Mississippi desde el norte del delta: el góspel, el blues y más tarde el rock and roll.


Este relato de Brad Jones me ha venido a la cabeza varias veces últimamente, pues acabo de terminar de ver la segunda (y por ahora última) temporada de Treme, probablemente la serie perfecta para los aficionados a la música americana. Treme, o Tremé, que es el barrio más musical de Nueva Orleans (It's the musical heart of New Orleans, which is the musical heart of America dice Steve Earle), relata la vida de una comunidad que trata de levantarse tras la estocada casi mortal que el Katrina asestó a la ciudad. Los protagonistas se intentan sobreponer a la miseria y el caos que la tormenta dejó, con la música siempre como vía de escape para salvar la vida, en la ciudad en que la vida y la muerte bailan más juntas de todo el mundo civilizado. El reparto está repleto de personajes carismáticos como Cray, el atormentado profesor de literatura interpretado por John Goodman; su mujer, la valiente abogada Toni Bernette; el vividor y virtuoso del trombón Antoine Battiste, depositario de toda la tradición musical de Treme; el desaliñado DJ y músico incombustible Davis McAlary, con sus reivindicaciones pseudo-políticas; el holandés Sonny, pianista-guitarrista callejero adicto a todo; y la exótica Annie (Lucia Micarelli), siempre acompañada de su violín, que realmente interpreta ella en la serie. Además, en casi todos los episodios nos sorprende el cameo de alguna estrella como Elvis Costello, Lucinda Williams, John Hiatt, Dr. John y, con un papel bastante importante y continuado en las dos temporadas, Steve Earle, que interpreta a un músico callejero bonachón y musicalmente enciclopédico. De hecho, Earle compuso una canción para la serie, o más bien para la ciudad, la enorme This City, que luego apareció en su disco I'll never get out of this world alive. Todos los personajes que aparecen, protagonistas o secundarios, tienen en común estar enamorados de Nueva Orleans, de sus tradiciones centenarias, de sus Second Lines callejeras, de las raíces cajún-españolas-francesas-afroamericanas del delta, de los grupos de indios que se preparan todo el año para lucir sus galas en el carnaval, del Mardi Gras eterno de la ciudad creciente.

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This city won't wash away, this city won't ever drown
Blood in the water and hell to pay, sky turned gray when the pain rained down
Doesn't matter, let come that may, I ain't ever going to leave this town
This city won't wash away, this city won't ever drown

Ain't the river or the wind to blame as everybody around here knows
Nothing holding back Pontchartrain except a prayer and a promise's ghost
This town's digging our graves in solid marble above the ground
Maybe our bones will wash away, this city won't ever drown
This city won't ever die, just as long as our heart be strong

sábado, 14 de julio de 2012

Cada vez que llega el verano


Cada vez que llega el verano, en el sentido más burocrático del término, es decir, cuando termina el último examen o se activa el email automático “I’m out of office, please contact…”, uno vuelve irremediablemente a la infancia, a la nostalgia, a la melancolía de los veranos largos de hace años. Al menos a mí me pasa. Por unos momentos se olvidan totalmente las ataduras al mundo real y se tiene una dimensión eterna del verano, que no es otra cosa que volver a la más cándida niñez. Dura solo unos instantes, hasta que te das cuenta de que en tres semanas estarás de nuevo en la oficina, o que antes del viernes tienes que matricularte de las asignaturas suspensas.
A mí el verano me recuerda al Principito, a viajes en avioneta alrededor del mundo, a la posibilidad de coger tu taburete y desplazarte a otra parte de tu pequeño planeta para ver tantas puestas de sol como desees, me recuerda al zorro que, en esa escena que hace poco recordaba Fernando Navarro en su genial blog La Ruta Norteamericana, le dice al joven príncipe que los ritos son importantes: “Si sé que vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a estar feliz desde las tres. A medida que se acerque la hora más feliz me sentiré. A las cuatro estaré agitado e inquieto; ¡comenzaré a descubrir el precio de la felicidad!”.
Y es que, en definitiva, la llegada del verano es un rito despojado de toda solemnidad. Conforme se va acercando el momento de decir “hasta más ver” al curro o al estudio la sangre se acelera en las venas y el corazón palpita a ritmo trepidante. Los planes que durante el año se han ido posponiendo hasta estas fechas van tomando cuerpo, aunque uno sabe perfectamente que es imposible tachar todos de su lista: este verano voy escribir en el blog cada día, voy a leerme 30 libros, entre ellos el Ulises y el Quijote, voy a ver tres series nuevas y dos que ya he visto, voy a beberme doce gin tonics en cada bar de Madrid y alrededores, voy a saberme de memoria las discografías de Wilco, Steve Earle y Lucinda Williams, voy a ver en el cine todas las películas que no vi durante el año, voy a... Pero parte de la felicidad de esos objetivos está en fijarlos, en desear que llegue el verano para tener la oportunidad de llevarlos a cabo. Igual que de pequeño uno deseaba ser mayor para acostarse tarde, conducir, tomarse sus copas y, en sus ensoñaciones, el chaval era feliz, la llegada del verano es ese regreso al pasado, a no tener que mirar el reloj, a la felicidad de no tener horizonte.
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De pequeño me enseñaron a querer ser mayor
De mayor quiero aprender a ser pequeño
Y así cuando cometa otra vez el mismo error
Quizás no me lo tengas tan en cuenta

martes, 26 de junio de 2012

El dorsal de los dioses


Si Humpfrey Bogart se hubiera dedicado al fútbol no tengo duda de que habría lucido en su espalda el número 14. Esto le habría impedido jugar en el mismo equipo que Frank Sinatra o que Jimmy Stewart, porque, como Bogart, estos dos también habrían sido centrocampistas creativos que se habrían hecho con el referido dorsal, para dar en su equipo pases de 40 metros a John Wayne, a Elvis, o a Steve McQueen, que como todos sabemos lucen el 9 (el auténtico, el falso nueve es Jack Lemmon), ya que son delanteros titulares de la Champions que se juega en el cielo del infierno (porque también sabemos todos que John Wayne está en el infierno).

Xabi Alonso es actualmente el mejor centrocampista de la mejor selección del mundo. Y eso tiene bastante mérito si tenemos en cuenta que España juega con seis centrocampistas, en vez de con tres o cuatro como los equipos que no necesitan vivir de la inercia. Con un Xavi Hernández cada vez más hastiado, melancólico y errático, y con unos Iniesta y Silva reconvertidos en delanteros por obligación, representantes junto a Fábregas de ese gran fraude que constituye la falsedad del nueve (maldito el periodista que inventó esta nomenclatura) y, todo hay que decirlo, con un imponente Busquets en la labor defensiva de la aristocracia del fútbol y como conexión con los obreros Piqué y Ramos, Xabi Alonso se ha convertido en el arquitecto de la mínima cordura que a veces aparece en el juego de España, y con cordura no me refiero a posesión ni a dominio, me refiero al gol, ya que de poco nos sirve dar cuatrocientos pases en el área pequeña si, olvidando el tiro a puerta, convertimos el pase corto en el fin último del fútbol. Alonso, 14 del Real Madrid, cultivado en Anoeta y madurado en Anfield, lleva en sus botas la clase de Jimmy Stewart, y como Jimmy Stewart fue el pasado sábado el encargado de matar a Liberty Valance (oh wait), con dos goles que, a falta de un John Wayne agazapado que pudiera disparar en el momento preciso, tuvo que resolver con un cabezazo a contrapié y un penalti tirado como se tienen que tirar. La leyenda de su dorsal, del catorce legendario, la ha ido forjando Xabi con momentos estelares como el ataque terrorista de De Jong en la final de Sudáfrica'10, el gol de rechace de un penalti al Milán en esa final de Champions en que se remontó un 0-3, o en esa épica temporada en que la Real Sociedad completó la primera vuelta de la Liga sin derrotas y acabó perdiendo el primer puesto ante el Madrid. Existen jugadores (tampoco muchos) capaces de cambiar el balón de banda poniéndoselo en la bota al extremo que está a 50 metros de distancia, pero solo Xabi Alonso lo hace sin despeinarse y sin mutar lo más mínimo la expresión de calma reflexiva de su rostro.


Cuando llegó a Madrid, Xabi llevaba el 23, porque durante el año I de la segunda era de Florentino (ver vídeo explicativo de la conjunción), quiso el destino juntarlo con otro eterno 14, José María Gutiérrez, jugador capaz de justificar toda su carrera con apenas un puñado de patadas al balón, el cual, muchas veces parecía no importarle a Guti lo más mínimo, pero que cuando la genialidad aparecía en los pies del 14 se sentía más a gusto de lo que ha estado nunca sobre un estadio de fútbol, casi como el vínculo de una fusión mística entre la bota y el césped, ya que nunca nadie ha capturado con tanta nitidez la imagen de Dios reflejada en una pelota de cuero. Durante más de una década en la que el Madrid vivió sus momentos más altos y más bajos, Guti, que nunca fue titular indiscutible, tuvo la capacidad de hacer soñar al madridista en innumerables ocasiones mágicas que, si un descreído hubiera vivido en momentos de duda, le habrían hecho recuperar la fe. Contra el talento permanente de Zidane, Guti aparecía con un pase al hueco, mejor que Ulises, o con un taconazo imposible (a Zidane / a Benzema), infinitamente mejor que Aquiles, como aparece esa media verónica de Morante de la Puebla en una aburridísima tarde de toros que, por sí sola, amortiza el precio de la entrada. Por estas cosas Guti y Xabi Alonso son eternos. Uno más regular, otro más de extremos, ambos inmortales en su oficio, llevando con orgullo el dorsal de la elegancia, el del estilo, el de la personalidad, el que mueve a un equipo, el que te discrimina dentro de la mediocridad, el de Cruyff, el del fútbol, el dorsal que llevarían los dioses si los dioses jugaran al fútbol.



PS: aunque regularmente madridista, uno también se siente de vez en cuando bético, y más cuando la tragedia se cruza por el camino de un jugador como Miki Roqué, que precisamente debutó como profesional entrando a sustituir a Xabi Alonso en un partido de Champions en Anfield, con apenas 17 años. Los béticos se levantarán, como siempre han hecho, porque eso es lo que hacen los grandes.

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Pueden no perdonarse jamás
y saben prescindir un día y otro día
de eso que se entiende por felicidad.
Y aunque ya casi no hay en qué soñar
se sienten orgullosos porque aún bailan sus almas.
Están desesperados, pero con elegancia.


ACTUALIZACIÓN: Entiéndase incluido en esta lista de catorces al gran Esteban Granero, que al momento de ponerme a escribir, durante la Eurocopa de 2012, todavía llevaba el 11 en el Real Madrid, pero que recibió el dorsal número 14 del Queens Park Rangers inglés al final del verano. La entrada de este blog "Tan joven y tan viejo" puede considerarse una segunda parte de esta misma, dedicada por entero al Pirata de la Meseta, al Jim Hawkins de la Premier.

miércoles, 20 de junio de 2012

De lo divino y lo épico



La noche del 17 al 18 de junio de 2012 será eternamente recordada por casi 60.000 personas que abarrotaron el estadio de Don Santiago Bernabéu, porque ante todas ellas se fraguó un espectáculo de dimensiones estratosféricas que sorprendió a todos, más aun si cabe cuando el protagonista era el rey de los espectáculos de dimensiones estratosféricas. Bruce Springsteen regaló a Madrid el concierto más largo de su carrera, con 3 horas y 48 minutos de rock y un sinfín de emociones. Probablemente haya dado conciertos técnicamente mejores o más especiales en su dilatada trayectoria de 44 años, sobre todo con su escudero Clarence Clemons, pero el del domingo ha de ser tratado con reverencia dentro del Olimpo de los shows del de Nueva Jersey. Si un concierto de la gira de The River es un soneto de Garcilaso, el concierto del Bernabéu es la Ilíada. Bruce, con 63 años, desplegó una energía que ya la quisieran los Arctic Monkeys, que tienen 40 años menos. Durante la sideral carrera de casi 4 horas hubo espacio para el rock, por supuesto, y también para las reminiscencias del soul y el gospel que inspiran toda la música americana, con un momento cumbre en My City of Ruins, que Springsteen inició con un recuerdo a los ausentes Clemons y Federici: “If  you’re here and we’re here, then they’re here”.


Tras un brutal comienzo con Badlands, Springsteen sacó su vena comprometida y encadenó una serie de “canciones sociales” con predominio del último disco. Tras No Surrender y We take care of our own, con aires de predicador, cogió el micro y, casi en trance y con circunstancia épica, sermoneó a los presentes con su filosofía de barrio. Bruce Springsteen adquirió en su discurso una trascendencia vaticana cuando, en español y con el acento quebrado, declamó las breves pero rotundas frases escritas fonéticamente en unas sencillas octavillas pegadas al suelo, entre el set list y la pedalera de su Telecaster. “¡Sé que aquí los tiempos son peores, pero nuestro corazón está con vosotros! Queremos dedicar está canción a todos los que están luchando en España”. Y como el Santo Padre de Roma nos dio su bendición, en forma de tema que amenaza con convertirse en clásico, Wrecking Ball, durante la cual se vivió otro de los momentos álgidos de la velada, ese interludio en que se repite recurrentemente “Hard times come, and hard times go… just to come again”. Era la cuarta canción y Springsteen ya se había ratificado como capitán de nuestras almas, dueño de nuestros destinos y supremo pontífice de nuestras emociones.


Los temas se fueron sucediendo, uno tras otro, con la contundencia de una banda que lleva décadas tocando y que, con sus nuevos fichajes (vientos y coros) suena más como siempre que nunca. Mención especial merece Jake, el sobrino de Clarence Clemons, que sin el carisma de su tío probablemente le supera en lo musical (perdón por la blasfemia).  Enormes Nils Lofgren (sobre todo en el espectacular solo de Youngstown) y Silvio Dante - Little Stevie - Van Zandt, nuevo número dos consolidado de la E Street Band. A un servidor, de todas las canciones que fueron sonando hasta acercarnos a las postrimerías del espectáculo le llegaron especialmente Because the Night (con un enorme solo de Stevie), The River, una supercañera My Love will not let you down y The Rising. Todo ello antes del epicentro sentimental del concierto, el momento cumbre que se vivió con Thunder Road. Si la entrada estaba amortizada desde el minuto 4, fue en ese momento (a falta de una hora para el final) cuando me di cuenta de que ya me podía morir tranquilo. Con el despliegue emocional de Thunder Road (y hablo desde una perspectiva totalmente subjetiva) se dejó el concierto en el punto de cocción perfecto para rematarlo y firmar definitivamente la obra maestra. Y fue exactamente así.


Los bises, que empezaron con la delicada Rocky Ground, fueron un continuo de puro rock n’ roll: Born in the USA, ese himno alternativo de los Estados Unidos que el Bernabéu coreó con brutal energía; una gigantesca Born to run, que por seguir coreando hasta se cantaron los acordes del riff de guitarra del tema; una sublime Hungry Heart, en que el éxtasis llevó a Springsteen a sacar a bailar a un operario con chaleco fluorescente y casco de obra; Seven Nights to Rock, en la que Bruce demostró su habilidad tocando el piano con la cabeza, con notable precisión y cadencia rítmica. Tras este simpático rocanrol el Jefe teatralizó una fatiga tremenda (que todos sabíamos fingida) dejándose caer durante varios minutos a las tablas del escenario, hasta que un redentor Steve Van Zandt rescató a Bruce con una balsámica y refrescante descarga de agua desde una esponja, y como una Verónica enjugó el rostro sudoroso del pontífice. Todavía faltaba Dancing in the dark, en que una rubia de buen ver vio cumplido el deseo de su pancarta, que rezaba Can I dance with Nils?, muy al estilo del vídeo de la misma canción, en que una jovencísima Courtney Cox sube a marcarse un baile con Springsteen.  Acto seguido Tenth Avenue Freeze Out, en la que la banda se detuvo en seco tras cantar Bruce “and the Big Man joined the band”, para rendir un último homenaje al sempiterno saxofonista de la E Street, que como ya había pasado la medianoche hacía exactamente un año de su muerte. Cuando parecía que el concierto estaba finiquitado, con las luces encendidas y todo, Bruce lanzó un último ataque que le catapultaría al record de su concierto más largo, con el ya típico Twist and Shout, cantado a coro por Madrid, ciudad que tras la noche del domingo se encuentra en un rincón privilegiado del imaginario springsteeniano, junto a Asbury Park, Barcelona y, cómo no, Nueva York. Después de tan tremendo espectáculo, de tal dosis de energía, después de la alegría de saberse partícipe de un acontecimiento irrepetible, como madrileño uno solo puede sentir orgullo, y como fan de Bruce Springsteen, emoción.

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When the change was made uptown and the Big Man joined the band
From the coastline to the city all the little pretties raise their hands
I'm gonna sit back right easy and laugh
When Scooter and the Big Man bust this city in half
With a Tenth Avenue freeze out