sábado, 14 de junio de 2014

Campeones del mundo de sueños rotos


El Mundial de fútbol ha empezado. Yo nunca fui muy amigo de los manidos tópicos que emplean los que identifican las etapas de su vida con el transcurso de los mundiales, planificando su calendario vital conforme al de la FIFA. Pero nena, algo de razón tienen. A los que nos gusta esto nos sucede que desarrollamos una memoria prodigiosa para los partidos de la Copa del Mundo y todo lo que les rodea, desde los detalles más absurdos del juego, como el medio corte de pelo de Ronaldo en Japón, hasta los episodios que estaban teniendo lugar en nuestras propias vidas. Si además uno es hincha de un equipo podrá evocar sensaciones similares con las finales a que este llegue o las eliminatorias europeas en que se embarque. Por tanto, si la providencia es mínimamente benévola y uno es seguidor del Real Madrid, está irremediablemente condenado a construir un imaginario cronológico continuo de recuerdos y emociones desde su infancia. Ando estos días con Fiebre en las Gradas, sensacional relato futbolístico-autobiográfico de Nick Hornby (a quien se venera en este blog por Alta Fidelidad). Hornby repasa su existencia en este mundo a través de sus vivencias en Highbury como hincha del Arsenal desde que era apenas un crío. Y uno se pregunta, ¿hasta qué punto esos recuerdos son reales? ¿Puede un niño de 6 años saber de la trascendencia del gol de un montenegrino a unos italianos en una final en Holanda? ¿O ha escrito esa fantasía en su cabeza, con el transcurso de los años, a fuerza de ver una y otra vez las cintas que regalaba el Marca con el partido grabado los días posteriores al partido? ¿Son puros entonces nuestros recuerdos, o el tiempo los adultera y los convierte en lo que, idealmente, nuestro yo del  presente habría soñado que fueran? Supongo que en realidad da igual. Los nostálgicos miramos tanto por el retrovisor que a veces perdemos el sentido de por qué lo hacemos, y vemos directamente lo que queremos ver. Quizás, después de todo, la memoria sea solo un truco.


El caso es que los primeros recuerdos de mi vida son de unos jugadores de blanco en un campo de fútbol. A mí me llevaron por primera vez al Bernabéu la temporada anterior a la Séptima, a ver un Madrid-Atleti. Conozco a los jugadores que estaban en el campo (Hierro, Redondo, Panucci, Simeone, Pantic...) por lo que he conocido después. Sé del resultado y de la fecha (14 de junio del 97, jornada 41, 3-1, goles de Raúl, Hierro, Pedja y Esnáider; el Madrid de Capello ganaba matemáticamente la liga al Barça al solo necesitar un punto) porque lo he comprobado en Google. Aquel día yo solo era un niño de cinco años, y recuerdo un estadio lleno hasta la bola, el griterío, los cánticos, las banderas y bufandas flameando en el viento de Chamartín. No recuerdo los goles, la trascendencia del resultado, la felicidad añadida de ganar el título ante el Atlético ni los aderezos deportivos de la victoria, supongo que estos vienen con el tiempo. Pero sí recuerdo el ambiente, y si no sus detalles al menos sí su presencia, que es uno de los ingredientes clave de la experiencia futbolística. Recuerdo haber ido a algún partido más antes de la explosión que supuso ganar la Copa de Europa, como un Real Madrid-Extremadura; supongo que yo consideraría algo normal eso de enfrentarse al Extremadura, quizás hasta pensara que los equipos se llamaban por el topónimo de su región de procedencia y no por el de su ciudad. Todo cambió en la primavera siguiente. Aparte de los dos partidos citados y de un atropello que sufrí cuando un caballo desbocado me derribó y saltó por encima, también por esa época, las primeras imágenes nítidas que tengo de mi propia vida son de esos meses, entre abril y junio, del año de la Séptima, 1998. En semifinales de la Champions jugamos contra el Borussia de Dortmund, y las vallas que aún rodeaban el césped del Bernabéu cedieron al empuje de los Ultras Sur, derribando la portería. La voz de José Ángel de la Casa en el televisor, prolongándose durante el tiempo que tardaron en ir a la Ciudad Deportiva a por otra portería y la posterior victoria del Madrid; el pase a la final contra la Juve, el gol de Mijatovic ante Peruzzi, el pelotazo de Suker desde el centro  del campo con el pitido final, son todos recuerdos indelebles en los que uno, de nuevo, confunde el componente real con el soñado, pero que en tanto que indelebles perduran por siempre en la mente y en la retina. Ámsterdam. El Ámsterdam Arena. Probablemente fuera la primera vez que tuve conciencia de esa ciudad maravillosa a la que iban los equipos a ganar la Copa de Europa. ¡Qué carajo! ¡A la que iba el Madrid a ganar la Copa de Europa! Entre mis seis y mis diez años el Madrid ganó la Champions tres veces, ¿cómo iba a imaginar que los demás tenían derecho a ganarla sin que llegara el Madrid al año siguiente a recuperarla? En el 2000 supe, porque mi hermano fue a la final París y me trajo una bufanda y una gorra de recuerdo, que Ámsterdam tan solo era una más de las ciudades en que el Madrid reconquistó el trono de hierro, que fue consolidando hasta la volea de Zidane en Glasgow y que nos mantuvo los estómagos llenos un tiempo. Fue un shock que, después de las experiencias de 1998, 2000 y 2002, mi equipo no ganara la Copa en 2004. Supuse que fue un cruel error del destino, una hecatombe iniciática: en el fútbol a veces, pero solo a veces, no ganaba el Madrid, así que esperé hasta 2006. De nuevo no ganamos, y he ido prolongando esta agonía bienal tan propia de un hincha del Atleti hasta 2014. Si las cuentas no me fallan, el Real Madrid me debe cinco Copas de Europa, las correspondientes a los años pares que median entre la Novena y la Décima. Y como no perdono las de los próximos años pares, calculo que para 2025, ganando todos los años de forma consecutiva, el Madrid podrá permitirse perder otra Champions habiendo saldado las deudas que tenemos pendientes.


Pero veo que se me ha ido la mano, una vez más, hablando del Real Madrid, cuando yo lo que quería era hablar de los mundiales (en la línea 5 ya me he desviado). Para eso hay que volver a 1998, a la fase de grupos del Mundial de Francia. España juega ante Nigeria un partido clave si quiere mantenerse viva. Debía de ser fin de semana, porque mi casa se llenó de primos, tíos y gentes de cien mil raleas para la ocasión. Había una suculenta merendola al estilo de los últimos noventa en una familia andaluza residente en Madrid: medias noches del Mallorca, embutido con ochos, latas de cerveza compartidas (dos para cada tres) y la vajilla de la Cartuja, la buena, en la mesa de los mayores. Ese día, del que ya hablé una vez en este blog empleando la frase que más orgulloso estoy de haber escrito en mi vida (seguramente la escribiría borracho), conserva aún ahora, dieciséis años más tarde, un regusto imborrable de tragedia. En el fútbol yo solo recordaba por esas fechas una liga ganada conmigo mismo en el Bernabéu y una Copa de Europa conseguida apenas un mes antes en la todavía mitológica Ámsterdam. Y en ese partido llega un tal Zubizarreta que, ante un pase de la muerte sin mucha fe, no decide otra cosa que arrojarse al abismo para desviar el balón hacia su propia portería. ¿Qué clase de blasfemia era esa? ¿Por qué, Andoni? ¿No sabías que jugabas con los recuerdos de toda una generación de madridistas que, en nuestra exigua trayectoria vital, solo habíamos conocido la victoria? ¿Por qué lanzaste ese brazo hacia el balón para que, de la manera más humillante y execrable, con un gol en propia meta, un niño de seis años tuviera conciencia de la derrota, del mal en el mundo, de la injusticia y de la amargura de la muerte? "Yo creía en Dios porque pensaba que Dios era del Real Madrid" dice Jabois, y la fe se reafirmó esa tarde al ser testigo de que sin Madrid no había victoria, que eso que llamamos Selección Española iba a ser un pañuelo de amargura hasta el fin de mi vida. El Mundial del 98 colocó en mi pecho la primera piedra de lo que espero que algún día sea un hombre, fue una puñalada severa a la candidez de un niño, una borrachera de realidad demasiado precoz. Con todo, es el primer campeonato del que yo empiezo a tener recuerdos más o menos estructurados del fútbol, tarea que facilitó Panini con su álbum de cromos del Mundial. Las selecciones balcánicas con su juego de calidad: la antigua Yugoslavia con nuestro Mijatovic, Darko Kovacevic, Savo Milosevic o Stankovic (siempre había un Stankovic); la reciente Croacia con nuestro Suker, Prosinecki y Jarni (a propósito de este último, por ahí empezó también una extraña simpatía que aún mantengo por el Real Betis, en el que también estaba uno de los verdugos nigerianos como Finidi George). Luego estaba Brasil, de cuya leyenda todo el mundo hablaba, y que parecía como una mezcla entre el coco, el hombre del saco y Jack el Destripador, un equipo imposible de batir. Pero vaya, Ronaldo, Rivaldo, Roberto Carlos, Denilson (Betis again; en su día, el fichaje más caro de la historia) Cafu,  Ze Roberto y demás jugones no pudieron con Francia en la final. Ese partido lo vi en la casa del campo con abuelos, primos y toda la tropa. Francia ganaba el primer Mundial que yo recuerdo, que era también el primero que ganaban en sus francesas vidas, y ese país adquiría para mí un aura de terrible grandeza que, por mucho que la razón me diga lo contrario, me sigue atenazando cuando nos enfrentamos a ellos tanto en fútbol como en baloncesto, balonmano, tenis, crícket y hasta en ping pong. Recuerdo muy bien a Lizarazu, la melena rubia de Petit, el gigante Thuram, a nuestro Christian Karembeu, la calva de Barthez, la copa levantada por Deschamps y, cómo no, un señor con aspecto de fraile que llevaba el 10 a la espalda. Eso era un grupo salvaje. Perdida mi inocencia en la fase de grupos, Francia se revelaba ante mis ojos como el equivalente al Real Madrid a nivel de selecciones. Habiendo ganado ellos todos los mundiales que recordaba, ¿cómo no desarrollar cierta francofilia? Luego supe que no, que si quería haber sido madridista en los mundiales tendría  que haber ido con Italia o Brasil, pero fue en estas que llegué al Mundial de Corea y Japón esperando de Francia lo que no esperaba de mi propia selección. Primer directo en la mandíbula. Francia, que venía de ganar Mundial y Eurocopa, pierde el partido inaugural contra Senegal, solo saca un punto de la primera fase y es vilmente eliminada. España era otra cosa, ahí había un gran equipo, nutrido a base del EuroDépor que había ganado la Liga, del Valencia que había llegado a dos finales seguidas de Champions y de las mejores versiones históricas de Raúl y Casillas. Con Valerón y Mendieta merecíamos llegar muy lejos. Esta vez nos encontramos a un rival nuevo, desconocido para mí: el árbitro. Ese balón que nunca salió por el fondo en la carrera de Joaquín por el extremo derecho y que Morientes remató dentro es difícil de olvidar. Un egipcio le regaló a Corea del Sur, la selección local, el acceso a semifinales. Puede que no hubiéramos pasado de allí, puede que Alemania nos hubiera humillado antes de llegar por primera vez a la final, pero ¿y si hubiéramos pasado? La historia de nuestra vida la forman también todas las cosas que no pasaron nunca, porque nuestros sueños son tan parte de nosotros mismos como nuestra propia realidad. Ganó Brasil, esta vez sí, en una final que yo vi en El Encuentro, en la cuesta Baena de Puente Genil. Era oficial, en lo que a selecciones se refiere, fui educado en la derrota. La había vivido en sus dos vertientes, la del equipo que se pega un tiro en el pie y merece ser deportado de vuelta a casa y la del que juega bien y mete goles pero que un sino cruel y despiadado encarnado en un árbitro egipcio le impide pasar de ronda.


Antes del Mundial de 2006 vino la Eurocopa de Portugal. Por aquella época mis padres tuvieron algún negocio en Lisboa y Coimbra, y transformé mi denostada francofilia en una filiación por Portugal que se explicaba porque eran vecinos, conocía el país de varios viajes acompañando a mis padres, fue la primera selección de la que tuve una camiseta oficial y, cómo no, porque tenían a Figo. Aunque una Eurocopa no se vive ni de lejos como un Mundial y ante una nueva derrota de España, que ya no me sorprendió, fue una auténtica pena ver cómo me despojaba de mi legítima Eurocopa con los colores de Portugal una selección como Grecia. Si no ganaba España, el Real Madrid, Francia, Brasil y ni siquiera la local Portugal, ¿qué clase de broma era que ganara una banda como Grecia? A esta pregunta no le he encontrado respuesta aún. Llegó Alemania 2006 con sus estadios modernísimos, sus Nike Total 90 y una Selección Española a cuya derrota yo ya me resignaba. En el colegio nos pusieron un España-Ucrania (creo que arrasamos 4-0) y un España-Arabia que también ganamos. La cosa no pintaba mal del  todo. Incluso después de que nos tocara Francia en octavos, el gol tempranero de Villa nos hizo a todos creer que pasábamos. Pero delante estaba el fraile del 10, y este era su último torneo. Con él en el terreno de juego, Francia no perdió nada. Luego llegó el famoso cabezazo a Materazzi, los penaltis y la historia que todos conocemos. Yo estaba entonces en un campamento de verano en Segovia, y lloré desconsoladamente. Zidane, el mago que tan felices nos había hecho, en el único arranque violento grave que se le recuerda, pone fin a su carrera con una expulsión en la final de un Mundial. Pero como Zidane es más grande que la vida, ¿de qué imagen de Zizou nos acordamos? ¿De la de Glasgow o de la de Berlín?


A partir de ahí ya hay poco misterio. España se levantó un día y decidió que ya era hora de ponerse a ganar. Todo lo que hemos sido desde entonces se debe, por encima de cualquier otro nombre, a Luis Aragonés. Cuántas portadas del Marca en su contra, cuántos "Raúl selección" soportados. Luis fue el que lo cambió todo en Austria. Sudáfrica fue una consecuencia lógica de una dinámica tan irresistiblemente ganadora que no había quien pudiera con nosotros. En cierto modo, fue una especie de inercia desde la final de Johannesburgo la que aún nos permitió ganar la última Eurocopa, y que está por ver si nos dará este Mundial (lo fácil ahora, visto el debut de España en Brasil, es apostarlo todo en contra. Pero oye, y por qué no vamos a llegar lejos; si hay alguien capaz de resurgir de sus cenizas es este grupo, sobre todo si nos encomendamos a los que más ganas de victoria demuestran, como Alonso, Ramos, Diego Costa e Iniesta). Ángel del Riego decía esto a propósito del Real Madrid: El camino se hace al andar y la solución final es la victoria. Y cuando se gana, seguimos para volver a ganar. Si se pierde, claro, no tenemos máscaras suficientes para sobrellevar la derrota. No hay dignidad ni romanticismo en la derrota del Madrid. Siempre ha sido así. En este juego no se me ocurre mejor filosofía, o mejor dicho, actitud. Podríamos aplicarla a la Selección, ahora que España estaba aprendiendo a ser dueña de sí misma.


Austria y Sudáfrica fueron episodios muy dulces que yo viví ya con plena implicación: emborrachándome con mis amigos. Cualquiera diría que el timing fue perfecto. Pertenezco a una generación, la nacida al filo de los primeros noventa, a la que dio tiempo a ser educada en el hambre futbolística, en la expectativa por cumplir. A veces pienso en los chavales que ahora tienen diez, doce o catorce años, ellos solo han vivido esta Selección con Casillas alzando trofeos al cielo. Me resulta algo familiar, revivo en cierta manera lo que yo viví con mi equipo entre la Séptima y la Novena. Entonces me imagino el dolor de estos chavales cuando España emprenda su camino de Damasco y se caiga del caballo, porque ese momento, esperemos que lo más tarde posible, llegará. Espero al menos que esa cantidad de niños del Atlético, del Betis, del Levante o del Sporting que esperan cada éxito de la Selección como la llegada de los Reyes Magos, después de llorar la pena, guarden esta etapa en su memoria y, con el paso del tiempo, la coloreen con sus propias vivencias, porque la memoria después de todo, es solo un truco.

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El campeón va a volver,
siempre tiene alguna razón.
El campeón sabe bien
cómo ha de coger el timón.

Viajando en tren express se imagina algún paisaje mejor,
viviendo de alquiler en pensiones con teléfonos rotos.
Y rubias de ciudad llegaban en el autobús
a pedir una oportunidad
y un turno de ocho horas
esperando que llegue el campeón.

Piel de tambor, una y ¡zas!,
creo que tendremos marrón.
El campeón tira a dar
pero no le queda más chance.
Y en el segundo round ya sabía que caería redondo,
cuando se fue la luz,
campeones del mundo de sueños rotos.

lunes, 9 de junio de 2014

La difícil, la que usa el salmón


El rock and roll, ya lo dijo Loquillo, es esencialmente actitud. El rock siempre ha tenido un componente transgresor y reivindicativo, una oposición al orden establecido que se remonta a los movimientos pélvicos de Elvis. Sin embargo es de agradecer que, en tiempos tan convulsos y agitados como los que vivimos, haya artistas que dentro de una vorágine sociopolítica rupturista encabezada por nacionalistas, antimonárquicos y tertulianos venidos a más se manifiesten a favor del orden constitucional, desmarcándose de los que quieren apropiarse del rock para su discurso de camisetas verdes en la Puerta del Sol. No deja de resultar paradójico que lo rompedor ahora mismo dentro del rock and roll sea posicionarse a favor de la unidad del Estado o de la forma de gobierno. En el panorama musical español actual son pocos los que reniegan de la indignación de tipo 15M y se indignan ante el aparente pensamiento único de los músicos. Puede que tenga razón José Antonio Montano en un tuit que publicó el otro día, "en este país solo existen dos rockeros, Loquillo y Andrés Calamaro".


El viernes pasado vi a Calamaro en Pamplona. Un día antes había publicado en su web un alegato en favor de la monarquía parlamentaria y de agradecimiento al rey Juan Carlos"¡Viva el Rey! Lo grité pudorosamente ayer tarde y lo repito hoy. Si el rock tiene reyes y la tauromaquia los tiene, España tiene uno en tránsito hacia una jubilación real. Prometí lealtad a este señor cuando me fue dada mi segunda nacionalidad y aquí estoy respetando lo prometido. Por izquierdas no me corre casi nadie, ni siquiera el coletas". Por supuesto se lió la mundial, los sectores más izquierdosos de la opinión pública le acusaron de súbdito de los Borbones y de fascista, todo ello por defender el orden constitucional que él voluntariamente eligió respetar. Volviendo a Pamplona, el pánico cundió entre el público de la Ciudadela cuando Andrés dijo "esta canción se la vamos a dedicar a nuestro legítimo rey", horas después de su manifiesto, y durante unos tensos segundos de silencio alguno ya estaba desenfundando pistola y cuchillo, pero calmó las aguas al continuar con un "Diego Armando I, su majestad de la zurda". Sí hubo algunos pitos aislados por parte de el sector más borroka de Iruña cuando dedicó Días Distintos a la fiesta taurina, con imágenes de Morante, Talavante y Manzanares en la pantalla gigante. Mientras algunos se dedicaron a silbar a un músico al que habían pagado por ver, yo vi un derroche de energía brutal en un concierto muy grande con un repertorio lleno de clásicos, brinqué con Maradona y Sin Documentos, me abracé a mis amigos para corear Estadio Azteca, me emocioné una vez más con Paloma, la mejor canción escrita en nuestra lengua, y también con el apoteósico final con Los Chicos, en que en el vídeo aparecieron imágenes de recuerdo, entre otros, a Paco de Lucía, Enrique Morente, Antonio Vega y Enrique Urquijo. Me gusta Pamplona, la calle Estafeta y los pinchos de Okapi, con mis amigos de allí y los de aquí. Me gusta el rock y me gusta Calamaro; me gustan el "vivir dos veces" y el "algo que tener que no muchos tenemos". Y me gustan los versos de José Hernández en Martín Fierro que el Salmón dice al final de Estadio Azteca:

Gracias le doy a la Virgen,
gracias le doy al Señor,
porque entre tanto rigor
y habiendo perdido tanto
no perdí mi amor al canto
ni mi voz como cantor.



PD: Si no me equivoco, con este post hacemos 50. Gracias, de verdad, a los que estáis ahí. Salud y rock and roll.
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Siempre seguí la misma dirección,
la difícil, la que usa el salmón.
Siento llegar el vacío total,
de tu mano me voy a soltar.
Dame dame dame un poco de tu amor,
yo a cambio te ofrezco una montaña  de horror.
Dame dame dame un poco de tu amor,
gimme, gimme, gimme.

viernes, 9 de mayo de 2014

La vieja escuela


Este mes de mayo tiene aroma de vieja escuela. Los astros se han alineado, la luna está en cuarto creciente y los acontecimientos que se presentan están trufados de clasicismo, de una nostalgia antigua y mística. Estos días viajamos en DeLorean a la niñez. Estoy hablando, cómo no, del Real Madrid y del rock, que son esencialmente la misma cosa, aunque a veces se difumine esta idea bajo tatuajes en el antebrazo o anuncios de champú anticaspa.

Vamos por partes. Los primeros recuerdos que tengo del Real Madrid, que se confunden con los primeros recuerdos que tengo de la vida, son imágenes de una portería cayendo en el Fondo Sur, cuando todavía en los estadios había vallas y el Bernabéu tenía ese aire de ring de boxeo, con Davor Suker encaramado a la alambrada como si fuera Jake LaMotta intentando saltar a Melilla. Imágenes de Redondo, de Ámsterdam, de Zidane en la trinchera enemiga. Todo eso quedó atrás, y tras la volea de Glasgow vinieron años de hambre y frío, pero sucede que el tiempo pasa y que el Madrid vuelve a su territorio natural, la final europea.  Just when I thought I was out they pulled me back in. Los madridistas vamos a Lisboa a por la Copa como Ulises volvía a Ítaca a por Penélope, dispuestos a matar pretendientes sin piedad. Lisboa, la ciudad de la melancolía: Ancelotti sentado en A Brasileira junto a Pessoa, Modric cruzándose con el reportero Pereira y Monteiro Rossi en Terreiro do Paço, frente al Tajo. La Décima debe ser nuestra por justicia poética. Los del Atlético que se queden con la Liga, con sus victorias en Vallecas, en Cornellá o en el Coliseum Alfonso Pérez, eso es lo que le pega a Gabi, Juanfran o el Cholo. 


Y luego está el baloncesto. Lo del año pasado, con Spanoulis ganando él solo una final, fue un entrenamiento magnífico para esta Final Four. Aunque no llegamos en nuestro mejor momento en Milán hay que salir a arrasar. En caso de duda dádsela al Chacho, y en caso de que a falta de 2 segundos vayamos perdiendo dádsela a Llul. Ellos sabrán qué hacer. Estas últimas tardes con Mirotic están impregnadas de la tristeza del joven de un pueblo de Connecticut al que en cualquier momento van a llamar al frente a combatir. Nosotros nos quedaremos en Madrid, corriendo hacia el portal pensando que va a volver, aunque realmente sea el cartero o un oficial de la Armada con un crespón, una cadena y una bandera doblada. Este Real Madrid fue construido para ganar la  Euroliga, veinte años después (quién dijo que veinte años no es nada), y si no lo consigue por lo civil debe hacerlo por lo criminal. La Novena debe ser nuestra por justicia histórica. Es hora de revivir la memoria de jóvenes airados.

Mayo ha traído también una sucesión de conciertos de sabor añejo que resucita a cualquier caído de la Movida. Nada menos que:
- Loquillo, mañana en la Riviera. Viene en el momento perfecto de la gira, después de haber grabado un concierto mítico en Granada. Y es Loquillo, es imposible, verle al 95 %, lo da todo hasta en las fiestas de los barrios, como en ese antológico concierto gratuito en La Elipa rodeado de puestos de buñuelos y algodón de azúcar. Y la otra vez que le vi en La Riviera la guardo en el top 3 de conciertos a los que he ido.
- Burning, miércoles 14 en las fiestas de San Isidro. Puede que solo quede uno de sus miembros originales, y puede que este, Johnny Cifuentes, sea un ególatra bastante repulsivo que anda peleado con la mitad del  rock español, pero son Burning, fueron grandes y a su recuerdo nos encomendamos para vivir una noche de camisetas negras, minis de calimocho, chupas de cuero y humo de canuto.
- Siniestro Total, viernes 23 en Penélope. No sé si en este punto el lector se hace suficiente cargo del carácter planetario de la sucesión de acontecimientos, que parece esto 1984. Pues sí, los Siniestro, una semana después de Loquillo y Burning y el día antes de la final de la Champions.
Si Dios quiere volveré en unos días por aquí a dar cuenta de la borrachera de nostalgia y panmadridismo que nos vamos a pegar con los hijos de la vieja escuela. Hasta entonces, salud y rock.


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Madrid, solo hay un secreto que me lleva hasta aquí,
que ha muerto el silencio en las calles de Madrid.
Alma de Ceesepe late muy dentro de ti.
Piérdeme, la muerte será dulce aquí en Madrid.

Cuando los gamberros tienen acceso al poder,
y cuando los dandis muestran su desfachatez,
cuando sus mujeres se han negado a crecer,
cuando la locura ha vencido a la vejez.

Madrid, llévame en tu coche a algún vicio por ahí.
Búscame en las ondas alguien que hable para mí.
Dile a Pepe Risi que ya puede sonreír,
él mató al silencio en las calles de Madrid,

sábado, 15 de marzo de 2014

Primer cajón de la estación de primavera

Es un buen momento, como cualquier otro, para darle algo de vida a este blog, que lo tenemos muy aparcado  últimamente. Estamos a mediados de marzo, los días son más largos, la gente se va atreviendo a sentarse en las terrazas y poco a poco las chicas van mostrando sus pantorrillas al sol, anticipando el regreso a los parques y a las bibliotecas de las universidades de los shorts vaqueros, ese imán de miradas lascivas que provoca que giremos rápidamente nuestro cuello al cruzarnos con sus portadoras, y la mayor amenaza para que los tíos podamos concentrarnos y ponernos de una vez a estudiar. El madridismo, que es ganar en primavera, se acerca a la contienda final con el fusil cargado, tanto en fútbol como en baloncesto. En abril y mayo, Sevilla y Córdoba tienen sus ferias, cruces, patios... en Madrid tenemos fútbol europeo. Estamos en año de Mundial y todavía no he decidido con quién voy a ir (en el de baloncesto, en el de fútbol hace tiempo que decidí que animaría a Portugal y a Croacia).


En el calendario de mi pueblo es sábado de transfiguración, pero yo estoy en Madrid. Esta noche me podrán buscar, después del  baloncesto y del fútbol, tarareando un pasodoble y subiendo en zigzag por la Cuesta de Moyano.
Murió Paco de Lucía. A mí, como guitarrista que intenta pegarle a todos los palos (y a todos les pego mal), la noticia me llenó de gran tristeza. 1 - Paco de Lucía, 2 - Jimi Hendrix, 3 - Jimmy Page, esas son mis máximas referencias guitarrísticas, pero Paco el primero, porque él cogió un género, lo llevó a su máxima expresión técnica y lo reinventó por completo, además de porque es tan nuestro como el pan con aceite o las cañas del domingo. Se han dicho y escrito cosas muy bonitas sobre su figura, pero lo que más me ha gustado ha sido esto de Antonio Lucas en El Mundo.
He descubierto algunas cosas nuevas. The Fakeband son una banda de Getxo que canta en inglés y suena como recién sacada del medio oeste americano. Buenísimos. También he estado escuchando en bucle Yo quemé a Gram Parsons, el EP de Víctor Sánchez, guitarrista de Lapido. Un pop rock suave, elegante y sin estridencias, adictivo. La lástima es que como tanto los unos como el otro son tan espantosamente minoritarios se antoja misión imposible conseguir sus CDs en formato físico. Yo, que soy un apasionado usuario de lo analógico, estoy por subcontratar al MI6 para que me encuentre los discos antes de que Spotify me demande por cortocircuitar sus servidores a base de escuchas.


Terminé A Sangre y Fuego, de Manuel Chaves Nogales -"Edu, solo lees a periodistas", me han dicho-, imprescindible. Ahora ando con unos cuentos de Raymond Carver, y mis libros favoritos siguen siendo El Principito y Novecento.
He arreglado las clavijas de mi vieja Ramírez (resulta que solo había que engrasarlas), suena mejor que nunca con cuerdas nuevas. He renovado, siete años después, mis gafas de ver, y me dicen que las nuevas son de postureo hípster (en efecto, el otro día paseando por Malasaña me sentí totalmente uniformado con el gentío), pero a mí me gusta pensar que se parecen a las de Woody Allen o,  remotamente, a las de Scorsese o a las que lleva Moe Greene al ser asesinado en El Padrino.


Estamos a marzo y los planes de verano se encuentran en mi fase preferida: organización sin ningún tipo de restricción presupuestaria, geográfica o moral. Ya nos cortaremos con los dos primeros criterios en junio, pero por ahora se habla de un coast-to-coast en furgoneta desde el Cabo de Gata hasta el Cabo de San Vicente (Algarve), 987 kilómetros de Mojácar a Sagres (donde la mejor cerveza portuguesa) con parada en Fuengirola, Conil, El Puerto, La Antilla y donde nos acojan. Volveremos a poner el Salitre48, a correr delante de porteros de Puerto Marina y a perpetrar noches míticas.

Lo que no estoy dispuesto a negociar de ninguna manera es el calendario de conciertos que se está cerrando para la temporada primavera-verano en la villa y corte, a saber:
- Abril: Leiva.
- Mayo: Loquillo, Siniestro Total y Calamaro (aunque este último coincide en fecha y hora con la final de la Champions, hay que ser cabrón; nos iremos a verle a Pamplona).
- Junio: Rolling Stones en el Calderón; a Robert Plant nos lo perdonamos porque viene con un rollito medio africano esotérico que da un poco de yuyu.
- Septiembre: Extremoduro en Las Ventas.
- Sin fecha los AC/DC.
Y todo esto sin contar la interminable gira de Quique González, con la que sería bonito coincidir de nuevo en algún lugar, el ukelele en la playa, los tablaos flamencos, las saetas cuarteleras e, incluso, las actuaciones propias (cantaremos unas coplillas modernas el 4 de abril en el Recuerdo, stay tuned).


Este pequeño resumen sesgado y brutalmente subjetivo da cuenta de que estamos entrando en una bonita etapa del año, así que vayan guardando el chaquetón, desempolvando las wayfarer y saliendo al parque a ver a las niñas en manga corta, que ya llega la primavera. Salud.

PD: No me he dado ni cuenta al principio, pero he conseguido titular dos posts seguidos con dos frases distintas de la misma canción (yo escribo lo primero el  título y los versos del final, y a partir de ahí voy hilando tonterías). Sonrisa estúpida del autor del blog.
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Crece la hierba en el primer cajón
de la estación de primavera.
Hoy nos esperan besos a traición
y ruido de ventanas abiertas.
Ardió una estrella entre nosotros dos
que no me deja estar tan cerca.
Si subes la escalera de color
préstame pintura de guerra.

viernes, 21 de febrero de 2014

Quién necesita una canción de amor


Quién necesita una canción de amor cuando se tiene la violencia en vena. Anoche este verso me estuvo sobrevolando la cabeza, porque creo que se nos podría aplicar perfectamente a los que seguimos a José Ignacio Lapido, probablemente el mayor defensor en nuestro país de eso que llaman rock n' roll. Porque en esto del rock hay dos virtudes: la honestidad y la actitud. Y ya si enchufamos la guitarra al amplificador el resultado puede ser brutal. Lapido es honesto y directo en su forma de interpretar la música, fiel a un estilo construido a lo largo de muchos años de trayectoria. No se anda con tonterías ni lugares comunes, escribe más que nada sobre desencanto y rabia, y encuentra en el rock el mecanismo perfecto para expresar ambos sentimientos. Y enchufa la guitarra, joder si la enchufa. En Esa Canción me Suena, blog sin cuyo magisterio conoceríamos muy poco de los músicos que nos gustan, Lapido se decía "simple servidor de las canciones" en esta estupenda entrevista. "Creo que si yo mañana escribo una canción sobre lo bonita que es la primavera me apedrearían, y yo sería el primero en animarles. Me avergonzaría escribir algo que no fuera acorde con mis pensamientos y con mi forma de ver el mundo. Y sobre el desencanto existencial, por supuesto estoy calado hasta los huesos de ello".

Ayer tocó Lapido en el Teatro Lara, en formato electroacústico adaptado al recinto y a la condición sedente del respetable. Sonido impecable, repertorio cuidado y variado, in crescendo siempre. Grandes himnos, temas más ocultos de su discografía y algún guiño al pasado y a 091, como el final con La Torre de la Vela. Platea y palco contentos a casa en la noche madrileña del jueves.


Dicen que ver a una persona leyendo un libro que te gusta es como ver a un libro recomendándote una persona. Algo así me ha pasado a mí con la música de Lapido, y el responsable de que hoy sea de los músicos que más me gusta escuchar es Quique González, quién si no. A Lapido le vi por primera vez, sin querer, hace ocho años. Yo tenía 14 e iba por primera vez a un concierto de Quique, gira Desajuste de Cuentas, en el Palacio de Congresos de la Castellana, y de invitados los Pereza, Ismael Serrano (cualquiera lo diría) y "el gran José Ignacio Lapido, de 091", como le presentó Quique, que subió al escenario a cantar Kid Chocolate. Mi segundo encuentro con el granadino fue también a través de Quique, que en su disco Daiquiri Blues decidió hacer una versión de Algo me aleja de ti, una de las mejores canciones escritas en nuestro idioma. Fue ahí cuando tuve que hacerme irremediablemente con Cartografía, y a partir de ahí los demás discos y canciones vinieron solos.

Lapido tiene un talento descomunal para la composición musical, con estructuras complejas y originales; una gran facilidad como letrista para introducir imágenes, símbolos y referencias intertextuales en sus canciones; una banda sólida, compenetrada y extremadamente virtuosa con sonido a rock clásico pero sin trasnochar; y, por último, una experiencia de décadas tanto a nivel de secundario en una banda como de frontman de la suya propia que le convierte en honoris causa del escenario. En resumen, lo tiene todo para no gustar al gran público. Pero decían que la miel no está hecha para la boca de los burros. Mientras exista un puñado de fieles en cada capital de provincia, Lapido seguirá haciendo canciones capaces de emocionar a estos pocos, los estadios y las listas de ventas se seguirán llenando de vacuidad y se mantendrá en el universo el orden establecido. Está escrito en la ley. Mientras tanto, a nosotros que nos dejen nuestra pizca de miel.


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Cuando el tren llegue al anochecer
no habra música de bienvenida,
esfumada la esperanza y apagadas las colillas,
cuando el ángel decida volver.

Nos verá contando hasta tres,

justo antes de emprender la huida,
tomaremos el fracaso como punto de partida
y el amor como dogma de fe,
cuando el ángel decida volver.

Cuando el ángel decida volver

será el momento de que rompan filas
los que lucharon en la guerra y los que fueron a la mina
a buscar algo en lo que creer.

No tendremos nada que perder,

ni se hará real la fantasía,
preparad los epitafios y poned la otra mejilla,
cuando el ángel decida volver,
cuando el ángel decida volver.

sábado, 18 de enero de 2014

Llewyn Davis, a propósito de las bandas sonoras


Ayer cayó en mis manos la banda sonora de Inside Llewyn Davis, la última de los hermanos Coen. La película es una obra maestra, una historia sobre el fracaso ambientada en el Nueva York de principios de los 60, el mismo al que llegó Dylan tras los pasos de Woody Guthrie. Las interpretaciones son perfectas (hasta la del gañán de Justin Timberlake) y la trama cruda y directa, pero lo que para mí destaca más es la banda sonora, una colección de temas tradicionales y originales de folk clásico en los que ha colaborado Marcus Mumford (el gordaco de Mumford & Sons).

Al ir a colocar el nuevo disco en mi estantería me he dado cuenta de que solo tengo otras dos bandas sonoras en formato físico, y las dos totalmente relacionadas con Llewyn Davis: la de O'Brother, también de los Coen y también con predominio del country y folk de raíces americanas, y la de No Direction Home, el documental de Scorsese sobre los primeros años de Bob Dylan. Los Coen desde luego son unos genios en la utilización de la música en sus películas y, a diferencia de lo que puedan hacer Scorsese o Tarantino, maestros en insertar canciones de otros artistas adaptándolas al tempo de la película, reinterpretan clásicos en voz de los actores (como George Clooney en O'Brother) o, como en Llewyn Davis, crean una banda sonora original (de ahí la O de BSO) indisociable de lo que uno ve en pantalla. Dos maneras de meter la música en el cine distintas de la orquesta sinfónica, ambas igual de válidas si son bien utilizadas. Esta misma semana he visto en un episodio de la sexta temporada de Los Soprano llamado The Ride (aún no he acabado, así que castigaré severamente cualquier tipo de spoiler) una escena cumbre en la unión de música y cine, cuando Chris Moltisanti no puede resistir la tentación y se pega un chute de heroína. Durante su viaje lisérgico y su descenso a los infiernos entre las casetas de la feria suena The Dolphins de Fred Neil. Dejo aquí el vídeo, a partir del 3:10 es absolutamente insuperable.


De un palo o del otro, mis bandas sonoras favoritas (con sus correspondientes escenas épicas y enlaces a YouTube) son, más o menos por orden:
- InfiltradosJack Nicholson rompiéndole el brazo a Leo DiCaprio y gritándole "¿Eres un puto poli?" mientras suena Let it loose, o Leo liándose con la psicóloga durante Comfortably numb.
- El Gran Lebowski - los títulos de entrada, probablemente los mejores de la historia, suena The man in me. Y claro, el baile de John Turturro con el Hotel California de los Gipsy Kings, nobody fucks with the Jesus.
- GoodfellasRobert DeNiro fumando y Sunshine of your love.
- Reservoir Dogs - muy evidentes, los títulos de entrada con Little Green Bag o Michael Madsen desorejando al poli con Stuck in the middle with you.
- Alta Fidelidad - Jack Black quitando el coñazo de Belle and Sebastian y enchufando Walking on sunshine.
- Pulp Fiction - el consabido colocón de Uma Thurman después de bailar You'll be a woman soon.
- O'Brother - la grabación de Man of constant sorrow.
- Smoke - no suenan muchas canciones en la película, pero se justifica solo por las dos de Tom Waits, Downtown train y Innocent when you dream.
- American Beauty - Kevin Spacey en el garaje, haciendo pesas y fumando petas con All along the watchtower en la radio.
- School of Rock - Immigrant song en la furgoneta de Jack Black.

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She gets rock n' roll, a rock n' roll station
And a rock n' roll dream
She's making movies on location
She don't know what it means
But the music make her wanna be the story
And the story was whatever was the song what it was
Rollergirl don't worry
DJ play the movies 
All night long, all night long

miércoles, 1 de enero de 2014

La velocidad adecuada


En el primer número de Jot Down publicaba José Antonio Montano un artículo llamado La velocidad adecuada, en el que hablaba de los perjuicios que le había supuesto la apertura de la línea del AVE entre Madrid y Málaga. Para el gran Montano, del que se es muy fan en este blog, tener que pagar más caro por un viaje que ahorra un par de horas respecto a las antiguas cuatro y media del Talgo 200 es una muestra de retroprogreso, ya que durante este largo intervalo uno podía, por un precio muy razonable, ir a la cafetería, ver la película, mirar el paisaje manchego o andaluz, leer, charlar e incluso aburrirse. Desde que Cascos licitó el AVE que Zapatero inauguró, el viaje es el doble de caro y no da tiempo a consumar todas las actividades antes descritas, en todo caso puede uno comenzarlas y dejarlas a medias o renunciar a varias de ellas, con la consiguiente falta de completud del viaje. Hoy tengo un billete de vuelta en ese mismo tren de Montano, subiéndome en Puente Genil en vez de en Málaga, lo cual me deja algo menos de dos horas para terminar lo que pretendía con esta entrada, el tradicional repaso del año que parece que se va consolidando en este blog. Ya no se ve más que negrura por la ventana, pero a juzgar por los recurrentes taponamientos de oídos de hace unos minutos diría que el tren hace poco que atravesó los túneles de Sierra Morena y Despeñaperros. Tampoco parece que haya luna, cosa que me confirma una aplicación que hace unas semanas me descargaron, año nuevo luna nueva.

Por primera vez he pasado la última noche del año lejos de la gran ciudad, cosa que no me ha importado mucho, después de más de un lustro sufriendo cornadas de hasta 70 euros por apretarme unos garrafones en barras libres infames. Así que me vi pasada la medianoche del 31 con el primer gin tonic del año y poco que hacer, y lo único que se me ocurrió fue empezar Historias del Calcio, lo último que me falta por leer del amigo Enric González, el periodista que escribe como a mí me gustaría escribir si tuviera un blog. (El tren acaba de pasar por Puertollano, debo darme prisa) Enric González fue al primero que leí en 2013, a través de sus Memorias Líquidas, libro que, como procuro hacer yo, deben regalar a cualquiera que tenga algún interés por el periodismo. Este año he podido leer también sus Historias de algunas de las ciudades en que ha sido corresponsal, Londres, Nueva York y Roma, brillantes todas ellas. Otros dos han sido los autores de los que más he abusado en este año que acaba, Montero Glez (Pistola y Cuchillo, una especie de western flamenco alrededor de la figura de Camarón, y Huella Jonda del Héroe) y el clásico de este blog Manuel Jabois, del que he releído un par de veces Grupo Salvaje para alimentar mi madridismo irracional y, por primera vez, sus columnas gallegas en Irse a Madrid y sus vivencias como padre primerizo y neomadrileño en Manu. Tabucchi, Pla, Marsé, Antonio Luque y hasta El Hobbit de Tolkien (regresión a la infancia patrocinada por New Line Cinema) son algunas de las cosas que recuerdo haber leído los últimos meses.
Seguiría con este postureo literario que cualquier persona mayor de ocho años supera por número y calidad de autores, pero parece que pasamos por Ciudad Real hace casi veinte minutos, así que vamos con la música que esto se nos va de las manos (también les hablaría de cine, pero dada mi ignorancia y el poco tiempo de que dispongo delego ese apartado en La Llave Azul, web que encontrarán enlazada a la derecha de esta página. Me limitaré a recomendarles que vayan a ver Inside Llewyn Davis, de los Coen, que se estrena hoy 1 de enero, y que me saquen entrada que yo también quiero ir).

Dice el GPS del vagón que estamos por Los Yébenes, el pueblo de la concejala socialista esa del vídeo calenturiento y la portada de Interviú. No viene mucho a cuento, pero cualquiera se resiste a dejarlo por escrito.

No me voy a complicar con formalismos, los discos que más me han gustado de 2013 han sido:

- Delantera Mítica, Quique González. Todo lo que se pudiera decir de este disco ya lo intenté decir hace unos meses en una entrada llamada Los Mitos. Ha pasado el tiempo y sigo pensando igual, para mi gusto es el mejor disco de Quique. La gira ha sido también brutal, con una de las mejores bandas que le han acompañado en todos estos años. Yo le vi en La Riviera en primavera y en But en Navidad, y compro ya cualquier Quique que se anuncie para el futuro.

- Formas de matar el tiempo, José Ignacio Lapido. Lapido a mí me ha cogido muy tarde pero a tiempo. Ya tenía a fuego Cartografía, y hace unos días me llevé del Fnac En otro tiempo, en otro lugar y De sombras y sueños, que llevan sonando en mis auriculares todo este rato en el tren desde que me subí en la provincia de Córdoba. Son bestiales, sobre todo el primero, y amenazan con convertirse en unos de mis discos favoritos. También lo es Formas de matar el tiempo, rock de verdad, porque rock es el guitarrazo salvaje, el verso sincero y el órgano Hammond suave. Lapido es un genio en todo ello.

- Bohemio, Andrés Calamaro. Aunque no es el mejor Calamaro es muy bueno. Un disco de temazos, en especial a mí me tiene muy pillado Belgrano. Y valga para Calamaro lo dicho del rock con Lapido.

De música de fuera lo que más me ha gustado ha sido el AM de Arctic Monkeys, del que ya hablamos en su día. Eh, y este año vi en directo a Lucinda Williams, concierto del que estoy especialmente orgulloso.

Bueno, faltan 17 minutos para entrar en Atocha según el panel del coche 12, lo justo para despedirse, revisar y enviar. Espero no haberles aburrido, el tren ya va por el Cerro de Los Ángeles y la gente más impaciente ya baja las maletas y recoge los abrigos. Yo ya estoy en Madrid, la ciudad que nunca se despierta. También espero que la espontaneidad cubra otras deficiencias de estas líneas.
Parece que la velocidad adecuada no es ir deprisa o despacio, sino ajustarse al guión. Si a un mindundi le ha dado tiempo a decir estas cosas en hora cincuenta de tren, cosa de la que dudaba seriamente, seguro que a ustedes les da tiempo en 2014 para conseguir lo que se propongan, la clave es coger papel, bolígrafo y escribir un buen guión. Ya habrá tiempo para hacer borrones y corregirlo, simplemente dejen abierto el final ese que tienen en la cabeza, porque la vida sabe mejor cuando lo bueno, aunque pueda soñarse, te pilla de improviso. Gracias un año más por estar ahí y feliz año.

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Entre la niebla seguiré ese sendero
donde te perdí.
Con mis errores a modo de amuletos
me voy muy lejos de aquí.

Un viejo tren abandonado en vía muerta
nos espera a ti y a mí.
Somos sonámbulos en noche de tormenta,
iremos muy lejos de aquí.

- Revisado y retocado pero no adulterado el 2/1/2014 a la 1:46.