sábado, 15 de marzo de 2014

Primer cajón de la estación de primavera

Es un buen momento, como cualquier otro, para darle algo de vida a este blog, que lo tenemos muy aparcado  últimamente. Estamos a mediados de marzo, los días son más largos, la gente se va atreviendo a sentarse en las terrazas y poco a poco las chicas van mostrando sus pantorrillas al sol, anticipando el regreso a los parques y a las bibliotecas de las universidades de los shorts vaqueros, ese imán de miradas lascivas que provoca que giremos rápidamente nuestro cuello al cruzarnos con sus portadoras, y la mayor amenaza para que los tíos podamos concentrarnos y ponernos de una vez a estudiar. El madridismo, que es ganar en primavera, se acerca a la contienda final con el fusil cargado, tanto en fútbol como en baloncesto. En abril y mayo, Sevilla y Córdoba tienen sus ferias, cruces, patios... en Madrid tenemos fútbol europeo. Estamos en año de Mundial y todavía no he decidido con quién voy a ir (en el de baloncesto, en el de fútbol hace tiempo que decidí que animaría a Portugal y a Croacia).


En el calendario de mi pueblo es sábado de transfiguración, pero yo estoy en Madrid. Esta noche me podrán buscar, después del  baloncesto y del fútbol, tarareando un pasodoble y subiendo en zigzag por la Cuesta de Moyano.
Murió Paco de Lucía. A mí, como guitarrista que intenta pegarle a todos los palos (y a todos les pego mal), la noticia me llenó de gran tristeza. 1 - Paco de Lucía, 2 - Jimi Hendrix, 3 - Jimmy Page, esas son mis máximas referencias guitarrísticas, pero Paco el primero, porque él cogió un género, lo llevó a su máxima expresión técnica y lo reinventó por completo, además de porque es tan nuestro como el pan con aceite o las cañas del domingo. Se han dicho y escrito cosas muy bonitas sobre su figura, pero lo que más me ha gustado ha sido esto de Antonio Lucas en El Mundo.
He descubierto algunas cosas nuevas. The Fakeband son una banda de Getxo que canta en inglés y suena como recién sacada del medio oeste americano. Buenísimos. También he estado escuchando en bucle Yo quemé a Gram Parsons, el EP de Víctor Sánchez, guitarrista de Lapido. Un pop rock suave, elegante y sin estridencias, adictivo. La lástima es que como tanto los unos como el otro son tan espantosamente minoritarios se antoja misión imposible conseguir sus CDs en formato físico. Yo, que soy un apasionado usuario de lo analógico, estoy por subcontratar al MI6 para que me encuentre los discos antes de que Spotify me demande por cortocircuitar sus servidores a base de escuchas.


Terminé A Sangre y Fuego, de Manuel Chaves Nogales -"Edu, solo lees a periodistas", me han dicho-, imprescindible. Ahora ando con unos cuentos de Raymond Carver, y mis libros favoritos siguen siendo El Principito y Novecento.
He arreglado las clavijas de mi vieja Ramírez (resulta que solo había que engrasarlas), suena mejor que nunca con cuerdas nuevas. He renovado, siete años después, mis gafas de ver, y me dicen que las nuevas son de postureo hípster (en efecto, el otro día paseando por Malasaña me sentí totalmente uniformado con el gentío), pero a mí me gusta pensar que se parecen a las de Woody Allen o,  remotamente, a las de Scorsese o a las que lleva Moe Greene al ser asesinado en El Padrino.


Estamos a marzo y los planes de verano se encuentran en mi fase preferida: organización sin ningún tipo de restricción presupuestaria, geográfica o moral. Ya nos cortaremos con los dos primeros criterios en junio, pero por ahora se habla de un coast-to-coast en furgoneta desde el Cabo de Gata hasta el Cabo de San Vicente (Algarve), 987 kilómetros de Mojácar a Sagres (donde la mejor cerveza portuguesa) con parada en Fuengirola, Conil, El Puerto, La Antilla y donde nos acojan. Volveremos a poner el Salitre48, a correr delante de porteros de Puerto Marina y a perpetrar noches míticas.

Lo que no estoy dispuesto a negociar de ninguna manera es el calendario de conciertos que se está cerrando para la temporada primavera-verano en la villa y corte, a saber:
- Abril: Leiva.
- Mayo: Loquillo, Siniestro Total y Calamaro (aunque este último coincide en fecha y hora con la final de la Champions, hay que ser cabrón; nos iremos a verle a Pamplona).
- Junio: Rolling Stones en el Calderón; a Robert Plant nos lo perdonamos porque viene con un rollito medio africano esotérico que da un poco de yuyu.
- Septiembre: Extremoduro en Las Ventas.
- Sin fecha los AC/DC.
Y todo esto sin contar la interminable gira de Quique González, con la que sería bonito coincidir de nuevo en algún lugar, el ukelele en la playa, los tablaos flamencos, las saetas cuarteleras e, incluso, las actuaciones propias (cantaremos unas coplillas modernas el 4 de abril en el Recuerdo, stay tuned).


Este pequeño resumen sesgado y brutalmente subjetivo da cuenta de que estamos entrando en una bonita etapa del año, así que vayan guardando el chaquetón, desempolvando las wayfarer y saliendo al parque a ver a las niñas en manga corta, que ya llega la primavera. Salud.

PD: No me he dado ni cuenta al principio, pero he conseguido titular dos posts seguidos con dos frases distintas de la misma canción (yo escribo lo primero el  título y los versos del final, y a partir de ahí voy hilando tonterías). Sonrisa estúpida del autor del blog.
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Crece la hierba en el primer cajón
de la estación de primavera.
Hoy nos esperan besos a traición
y ruido de ventanas abiertas.
Ardió una estrella entre nosotros dos
que no me deja estar tan cerca.
Si subes la escalera de color
préstame pintura de guerra.

viernes, 21 de febrero de 2014

Quién necesita una canción de amor


Quién necesita una canción de amor cuando se tiene la violencia en vena. Anoche este verso me estuvo sobrevolando la cabeza, porque creo que se nos podría aplicar perfectamente a los que seguimos a José Ignacio Lapido, probablemente el mayor defensor en nuestro país de eso que llaman rock n' roll. Porque en esto del rock hay dos virtudes: la honestidad y la actitud. Y ya si enchufamos la guitarra al amplificador el resultado puede ser brutal. Lapido es honesto y directo en su forma de interpretar la música, fiel a un estilo construido a lo largo de muchos años de trayectoria. No se anda con tonterías ni lugares comunes, escribe más que nada sobre desencanto y rabia, y encuentra en el rock el mecanismo perfecto para expresar ambos sentimientos. Y enchufa la guitarra, joder si la enchufa. En Esa Canción me Suena, blog sin cuyo magisterio conoceríamos muy poco de los músicos que nos gustan, Lapido se decía "simple servidor de las canciones" en esta estupenda entrevista. "Creo que si yo mañana escribo una canción sobre lo bonita que es la primavera me apedrearían, y yo sería el primero en animarles. Me avergonzaría escribir algo que no fuera acorde con mis pensamientos y con mi forma de ver el mundo. Y sobre el desencanto existencial, por supuesto estoy calado hasta los huesos de ello".

Ayer tocó Lapido en el Teatro Lara, en formato electroacústico adaptado al recinto y a la condición sedente del respetable. Sonido impecable, repertorio cuidado y variado, in crescendo siempre. Grandes himnos, temas más ocultos de su discografía y algún guiño al pasado y a 091, como el final con La Torre de la Vela. Platea y palco contentos a casa en la noche madrileña del jueves.


Dicen que ver a una persona leyendo un libro que te gusta es como ver a un libro recomendándote una persona. Algo así me ha pasado a mí con la música de Lapido, y el responsable de que hoy sea de los músicos que más me gusta escuchar es Quique González, quién si no. A Lapido le vi por primera vez, sin querer, hace ocho años. Yo tenía 14 e iba por primera vez a un concierto de Quique, gira Desajuste de Cuentas, en el Palacio de Congresos de la Castellana, y de invitados los Pereza, Ismael Serrano (cualquiera lo diría) y "el gran José Ignacio Lapido, de 091", como le presentó Quique, que subió al escenario a cantar Kid Chocolate. Mi segundo encuentro con el granadino fue también a través de Quique, que en su disco Daiquiri Blues decidió hacer una versión de Algo me aleja de ti, una de las mejores canciones escritas en nuestro idioma. Fue ahí cuando tuve que hacerme irremediablemente con Cartografía, y a partir de ahí los demás discos y canciones vinieron solos.

Lapido tiene un talento descomunal para la composición musical, con estructuras complejas y originales; una gran facilidad como letrista para introducir imágenes, símbolos y referencias intertextuales en sus canciones; una banda sólida, compenetrada y extremadamente virtuosa con sonido a rock clásico pero sin trasnochar; y, por último, una experiencia de décadas tanto a nivel de secundario en una banda como de frontman de la suya propia que le convierte en honoris causa del escenario. En resumen, lo tiene todo para no gustar al gran público. Pero decían que la miel no está hecha para la boca de los burros. Mientras exista un puñado de fieles en cada capital de provincia, Lapido seguirá haciendo canciones capaces de emocionar a estos pocos, los estadios y las listas de ventas se seguirán llenando de vacuidad y se mantendrá en el universo el orden establecido. Está escrito en la ley. Mientras tanto, a nosotros que nos dejen nuestra pizca de miel.


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Cuando el tren llegue al anochecer
no habra música de bienvenida,
esfumada la esperanza y apagadas las colillas,
cuando el ángel decida volver.

Nos verá contando hasta tres,

justo antes de emprender la huida,
tomaremos el fracaso como punto de partida
y el amor como dogma de fe,
cuando el ángel decida volver.

Cuando el ángel decida volver

será el momento de que rompan filas
los que lucharon en la guerra y los que fueron a la mina
a buscar algo en lo que creer.

No tendremos nada que perder,

ni se hará real la fantasía,
preparad los epitafios y poned la otra mejilla,
cuando el ángel decida volver,
cuando el ángel decida volver.

sábado, 18 de enero de 2014

Llewyn Davis, a propósito de las bandas sonoras


Ayer cayó en mis manos la banda sonora de Inside Llewyn Davis, la última de los hermanos Coen. La película es una obra maestra, una historia sobre el fracaso ambientada en el Nueva York de principios de los 60, el mismo al que llegó Dylan tras los pasos de Woody Guthrie. Las interpretaciones son perfectas (hasta la del gañán de Justin Timberlake) y la trama cruda y directa, pero lo que para mí destaca más es la banda sonora, una colección de temas tradicionales y originales de folk clásico en los que ha colaborado Marcus Mumford (el gordaco de Mumford & Sons).

Al ir a colocar el nuevo disco en mi estantería me he dado cuenta de que solo tengo otras dos bandas sonoras en formato físico, y las dos totalmente relacionadas con Llewyn Davis: la de O'Brother, también de los Coen y también con predominio del country y folk de raíces americanas, y la de No Direction Home, el documental de Scorsese sobre los primeros años de Bob Dylan. Los Coen desde luego son unos genios en la utilización de la música en sus películas y, a diferencia de lo que puedan hacer Scorsese o Tarantino, maestros en insertar canciones de otros artistas adaptándolas al tempo de la película, reinterpretan clásicos en voz de los actores (como George Clooney en O'Brother) o, como en Llewyn Davis, crean una banda sonora original (de ahí la O de BSO) indisociable de lo que uno ve en pantalla. Dos maneras de meter la música en el cine distintas de la orquesta sinfónica, ambas igual de válidas si son bien utilizadas. Esta misma semana he visto en un episodio de la sexta temporada de Los Soprano llamado The Ride (aún no he acabado, así que castigaré severamente cualquier tipo de spoiler) una escena cumbre en la unión de música y cine, cuando Chris Moltisanti no puede resistir la tentación y se pega un chute de heroína. Durante su viaje lisérgico y su descenso a los infiernos entre las casetas de la feria suena The Dolphins de Fred Neil. Dejo aquí el vídeo, a partir del 3:10 es absolutamente insuperable.


De un palo o del otro, mis bandas sonoras favoritas (con sus correspondientes escenas épicas y enlaces a YouTube) son, más o menos por orden:
- InfiltradosJack Nicholson rompiéndole el brazo a Leo DiCaprio y gritándole "¿Eres un puto poli?" mientras suena Let it loose, o Leo liándose con la psicóloga durante Comfortably numb.
- El Gran Lebowski - los títulos de entrada, probablemente los mejores de la historia, suena The man in me. Y claro, el baile de John Turturro con el Hotel California de los Gipsy Kings, nobody fucks with the Jesus.
- GoodfellasRobert DeNiro fumando y Sunshine of your love.
- Reservoir Dogs - muy evidentes, los títulos de entrada con Little Green Bag o Michael Madsen desorejando al poli con Stuck in the middle with you.
- Alta Fidelidad - Jack Black quitando el coñazo de Belle and Sebastian y enchufando Walking on sunshine.
- Pulp Fiction - el consabido colocón de Uma Thurman después de bailar You'll be a woman soon.
- O'Brother - la grabación de Man of constant sorrow.
- Smoke - no suenan muchas canciones en la película, pero se justifica solo por las dos de Tom Waits, Downtown train y Innocent when you dream.
- American Beauty - Kevin Spacey en el garaje, haciendo pesas y fumando petas con All along the watchtower en la radio.
- School of Rock - Immigrant song en la furgoneta de Jack Black.

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She gets rock n' roll, a rock n' roll station
And a rock n' roll dream
She's making movies on location
She don't know what it means
But the music make her wanna be the story
And the story was whatever was the song what it was
Rollergirl don't worry
DJ play the movies 
All night long, all night long

miércoles, 1 de enero de 2014

La velocidad adecuada


En el primer número de Jot Down publicaba José Antonio Montano un artículo llamado La velocidad adecuada, en el que hablaba de los perjuicios que le había supuesto la apertura de la línea del AVE entre Madrid y Málaga. Para el gran Montano, del que se es muy fan en este blog, tener que pagar más caro por un viaje que ahorra un par de horas respecto a las antiguas cuatro y media del Talgo 200 es una muestra de retroprogreso, ya que durante este largo intervalo uno podía, por un precio muy razonable, ir a la cafetería, ver la película, mirar el paisaje manchego o andaluz, leer, charlar e incluso aburrirse. Desde que Cascos licitó el AVE que Zapatero inauguró, el viaje es el doble de caro y no da tiempo a consumar todas las actividades antes descritas, en todo caso puede uno comenzarlas y dejarlas a medias o renunciar a varias de ellas, con la consiguiente falta de completud del viaje. Hoy tengo un billete de vuelta en ese mismo tren de Montano, subiéndome en Puente Genil en vez de en Málaga, lo cual me deja algo menos de dos horas para terminar lo que pretendía con esta entrada, el tradicional repaso del año que parece que se va consolidando en este blog. Ya no se ve más que negrura por la ventana, pero a juzgar por los recurrentes taponamientos de oídos de hace unos minutos diría que el tren hace poco que atravesó los túneles de Sierra Morena y Despeñaperros. Tampoco parece que haya luna, cosa que me confirma una aplicación que hace unas semanas me descargaron, año nuevo luna nueva.

Por primera vez he pasado la última noche del año lejos de la gran ciudad, cosa que no me ha importado mucho, después de más de un lustro sufriendo cornadas de hasta 70 euros por apretarme unos garrafones en barras libres infames. Así que me vi pasada la medianoche del 31 con el primer gin tonic del año y poco que hacer, y lo único que se me ocurrió fue empezar Historias del Calcio, lo último que me falta por leer del amigo Enric González, el periodista que escribe como a mí me gustaría escribir si tuviera un blog. (El tren acaba de pasar por Puertollano, debo darme prisa) Enric González fue al primero que leí en 2013, a través de sus Memorias Líquidas, libro que, como procuro hacer yo, deben regalar a cualquiera que tenga algún interés por el periodismo. Este año he podido leer también sus Historias de algunas de las ciudades en que ha sido corresponsal, Londres, Nueva York y Roma, brillantes todas ellas. Otros dos han sido los autores de los que más he abusado en este año que acaba, Montero Glez (Pistola y Cuchillo, una especie de western flamenco alrededor de la figura de Camarón, y Huella Jonda del Héroe) y el clásico de este blog Manuel Jabois, del que he releído un par de veces Grupo Salvaje para alimentar mi madridismo irracional y, por primera vez, sus columnas gallegas en Irse a Madrid y sus vivencias como padre primerizo y neomadrileño en Manu. Tabucchi, Pla, Marsé, Antonio Luque y hasta El Hobbit de Tolkien (regresión a la infancia patrocinada por New Line Cinema) son algunas de las cosas que recuerdo haber leído los últimos meses.
Seguiría con este postureo literario que cualquier persona mayor de ocho años supera por número y calidad de autores, pero parece que pasamos por Ciudad Real hace casi veinte minutos, así que vamos con la música que esto se nos va de las manos (también les hablaría de cine, pero dada mi ignorancia y el poco tiempo de que dispongo delego ese apartado en La Llave Azul, web que encontrarán enlazada a la derecha de esta página. Me limitaré a recomendarles que vayan a ver Inside Llewyn Davis, de los Coen, que se estrena hoy 1 de enero, y que me saquen entrada que yo también quiero ir).

Dice el GPS del vagón que estamos por Los Yébenes, el pueblo de la concejala socialista esa del vídeo calenturiento y la portada de Interviú. No viene mucho a cuento, pero cualquiera se resiste a dejarlo por escrito.

No me voy a complicar con formalismos, los discos que más me han gustado de 2013 han sido:

- Delantera Mítica, Quique González. Todo lo que se pudiera decir de este disco ya lo intenté decir hace unos meses en una entrada llamada Los Mitos. Ha pasado el tiempo y sigo pensando igual, para mi gusto es el mejor disco de Quique. La gira ha sido también brutal, con una de las mejores bandas que le han acompañado en todos estos años. Yo le vi en La Riviera en primavera y en But en Navidad, y compro ya cualquier Quique que se anuncie para el futuro.

- Formas de matar el tiempo, José Ignacio Lapido. Lapido a mí me ha cogido muy tarde pero a tiempo. Ya tenía a fuego Cartografía, y hace unos días me llevé del Fnac En otro tiempo, en otro lugar y De sombras y sueños, que llevan sonando en mis auriculares todo este rato en el tren desde que me subí en la provincia de Córdoba. Son bestiales, sobre todo el primero, y amenazan con convertirse en unos de mis discos favoritos. También lo es Formas de matar el tiempo, rock de verdad, porque rock es el guitarrazo salvaje, el verso sincero y el órgano Hammond suave. Lapido es un genio en todo ello.

- Bohemio, Andrés Calamaro. Aunque no es el mejor Calamaro es muy bueno. Un disco de temazos, en especial a mí me tiene muy pillado Belgrano. Y valga para Calamaro lo dicho del rock con Lapido.

De música de fuera lo que más me ha gustado ha sido el AM de Arctic Monkeys, del que ya hablamos en su día. Eh, y este año vi en directo a Lucinda Williams, concierto del que estoy especialmente orgulloso.

Bueno, faltan 17 minutos para entrar en Atocha según el panel del coche 12, lo justo para despedirse, revisar y enviar. Espero no haberles aburrido, el tren ya va por el Cerro de Los Ángeles y la gente más impaciente ya baja las maletas y recoge los abrigos. Yo ya estoy en Madrid, la ciudad que nunca se despierta. También espero que la espontaneidad cubra otras deficiencias de estas líneas.
Parece que la velocidad adecuada no es ir deprisa o despacio, sino ajustarse al guión. Si a un mindundi le ha dado tiempo a decir estas cosas en hora cincuenta de tren, cosa de la que dudaba seriamente, seguro que a ustedes les da tiempo en 2014 para conseguir lo que se propongan, la clave es coger papel, bolígrafo y escribir un buen guión. Ya habrá tiempo para hacer borrones y corregirlo, simplemente dejen abierto el final ese que tienen en la cabeza, porque la vida sabe mejor cuando lo bueno, aunque pueda soñarse, te pilla de improviso. Gracias un año más por estar ahí y feliz año.

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Entre la niebla seguiré ese sendero
donde te perdí.
Con mis errores a modo de amuletos
me voy muy lejos de aquí.

Un viejo tren abandonado en vía muerta
nos espera a ti y a mí.
Somos sonámbulos en noche de tormenta,
iremos muy lejos de aquí.

- Revisado y retocado pero no adulterado el 2/1/2014 a la 1:46.

sábado, 14 de diciembre de 2013

14 de diciembre


Lo que sé de la muerte, que es de lo poco que sé de la vida, lo aprendí el 14 de diciembre de hace ocho años. Hay personas que tienen gran facilidad para recordar fechas señaladas. Yo no soy de esas personas, pero sí recuerdo esta porque significó para mí y para otros muchos nuestro primer enfrentamiento serio con la realidad, con la vida tal y como es. Ese día murió nuestro amigo Javier.  No recuerdo qué día de la semana era, solo sé que había colegio. Todo ese año, antes de empezar las clases de las 9 teníamos Educación Física en el patio, y esa mañana aparecieron todos los profesores mientras todavía estábamos haciendo gimnasia, lo cual no dejaba de ser inusual. Le dijeron algo al profesor que estaba a nuestro cargo y entraron en el colegio. Ahí ya nos temíamos lo que luego nos confirmaron en clase, su enfermedad había podido con él esa noche.
A los trece años, un niño es lo suficientemente pequeño para no tener que haberse preocupado por nada nunca, pero lo suficientemente mayor para empezar a darse cuenta de cómo funcionan los mecanismos de la vida. Para muchos de nosotros, la muerte de nuestro amigo, con quien habíamos compartido toda nuestra infancia, nuestras primeras patadas al balón, nuestras primeras broncas en común, nuestras incipientes aficiones, supuso la primera vez que nos preguntamos por el sentido de nuestra existencia, con la inocencia con que se pregunta las cosas un niño pero con la gravedad con la que lo hace un filósofo. La respuesta sigue flotando en el viento, Javier el día 13 estaba pero el 14 ya no. Normalmente, este momento de colisión con la crudeza del mundo sobreviene a cada persona de manera individual. No fue nuestro caso. El impacto afectó de manera colectiva a mis amigos de entonces, que son mis amigos de ahora. De manera consciente o inconsciente, este hecho ha configurado con los años el carácter de mi grupo de amigos. Todos hemos crecido y hemos ido construyendo nuestras propias vidas, pero tenemos en común el haber superado juntos el primer obstáculo emocional al que tuvimos que enfrentarnos. Todos crecimos demasiado ese día, pero nos sirvió para darnos cuenta de que estamos en este mundo muy poco rato, por lo que tenemos que aprovecharlo y no dejar de buscar ser felices.  Además, aunque ahora tenemos todos 21 años y por mucho que pase o vaya a pasar el tiempo, a Javier solo podremos recordarlo como lo que fue toda su vida porque nadie lo conoció de otra manera: un chico feliz, inocente y sonriente, lleno de vida y de alegría. Es agradable proyectarnos en esos recuerdos, como también lo es saber que, igual que estábamos acompañados entonces, lo seguimos estando ahora.


Edu.


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There are places I remember
all my life, though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain

All these places had their moments
with lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life I've loved them all

jueves, 28 de noviembre de 2013

Playmakers


Hace tiempo que no hablamos de deportes por aquí, y eso que el madridismo irracional del autor se está viendo últimamente satisfecho con resultados positivos por parte de las dos secciones del club de Chamartín. En fútbol parece que la mejor plantilla del mundo está empezando a demostrar por qué vale mil millones, a fuerza de los pases de correo postal de Xabi Alonso y los goles de caza mayor de Cristiano. Mientras tanto, el equipo de baloncesto ha cosechado el inicio de temporada perfecto con 13 victorias en 13 partidos, y con un nivel de juego que un early ninties como yo no ha conocido nunca en suelo europeo. El equipo por fin se ha quitado sus complejos en la zona fichando a dos pívots talentosos e intimidadores con pinta de guerrilleros, como son Bourosis y Mejri, y con un Mirotic pre-NBA demostrando que va a ser el mejor jugador de este lado de la mar océana. Los altos nos dan una nueva seriedad defensiva, también Slaughter y Felipe, que sigue teniendo su imán para el rebote. Este Madrid se construye en la defensa, pero es al correr hacia la canasta contraria cuando el rival esconde a los niños. De la barba de Sergio Rodríguez nace el juego, el más perfecto que se pueda imaginar. Con el Chacho en pista hasta yo, que este año me he abonado al Palacio, me creo capaz de encestarla. A su lado cabalgan Rudy, que pasa más tiempo en suspensión que en el mundo de los mortales, el ultraortodoxo Tremmell Darden y el mormón Jaycee Carroll, a quien preguntan los de las enciclopedias antes de explicar cómo se tira un triple.


El caso es que yo hoy no venía a hablar del Madrid, sino de dos jugadores, uno de fútbol y otro de baloncesto, a los que este blog patrocinaría si tuviera dinero, pero que por culpa de las rodillas nos han dejado huérfanos de su magia unos meses, y a sus equipos sin el creador de juego e inventor de ataques que los iluminaban. Esteban Granero es uno de ellos. En un inteligente movimiento del mercado, fichó por la Real a finales de verano, un equipo que aspiraba a estar arriba en la liga y en Europa. Hace 72 días su ligamento cruzado se tiró por la borda, y sin Esteban la Real ha sido eliminada de Champions y se mantiene en la zona media-alta de la clasificación en liga. Para jugador y equipo, la lesión llegaba en un momento clave de la temporada, con todo a medio hacer. Pero por lo que podemos ver en su twitter y en un pequeño reportaje que le dedicaron los de Canal+ hace unos días, Granero le está ganando la carrera al tiempo. Le hemos visto trabajando en el gimnasio, en la piscina e incluso dando algunos toques con el balón, que yo no soy médico pero imagino que debe de ser buen síntoma. También le hemos visto en su casa frente a la Concha, con el disco de maquetas de Quique González sonando de fondo y él con la guitarra. El madridismo, decía Jabois, es ganar en primavera. Para la próxima primavera tendremos otra vez al Pirata corriendo por los campos y los mares, y el fútbol será mejor. Desde este blog, por el que sabemos que alguna vez se ha pasado Granero, todo al ánimo del mundo, después de la avería viene la redención.


El viernes pasado fue un día tristísimo. A cualquiera que le guste el baloncesto le debe de seguir doliendo la rodilla derecha por solidaridad con Derrick Rose. El que probablemente es el mejor base del mundo, un chaval de 1'91 capaz de machacar el aro como si le hubieran lanzado desde arriba, detuvo los relojes en la madrugada del viernes. Su rodilla derecha decidió romperse tan solo un mes después de que la izquierda le permitiera jugar, tras haberle condenado a la grada toda la temporada pasada. Dos años sin Rose es más de lo que un aficionado puede soportar, así que no quiero imaginar cómo estará él, no hay extensión más grande que su herida. Derrick Rose es Chicago Bulls, y sin él los Bulls parecen abocados a la nada en la que llevaban instalados desde que se fue un tal Jordan. Todo hasta que apareció un chaval, vecino de la ciudad, que entraba a canasta rompiendo la cintura de los defensores más fieros, que solo podían ver por el retrovisor el número 1 de su dorsal. En 2010 orquestó la victoria de USA en el Mundial ese en que a España se la cargó un triple de Teodosic, y en 2011 le eligieron MVP de la NBA. El más joven en conseguirlo nunca. Entonces las rodillas empezaron a rebelarse, no podían soportar tanto talento. Hay otros bases jóvenes en la liga, como Chris Paul o Kyrie Irving, que aseguran la supervivencia de la especie, pero sin Rose, ay, los Bulls lloran porque no tienen quien les asista, y el baloncesto se pierde a su mejor creador de juego.

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400 perros en la puerta de la comisaría,
y lo más complicado fue encontrar una salida fácil.
Me bastó un vistazo para ver la botella vacía,
y entonces supe que estaba fuera.

400 gramos de avería y redención,
400 gramos de insatisfacción.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Incendio en invierno


Arctic Monkeys llegaron a Madrid el mismo día que el invierno. Desde muchas horas antes se apiñaban en la puerta del Palacio numerosas mocitas madrileñas, que fumaban canutos por diferenciarse de las que simultáneamente esperaban en Vistalegre para el concierto de un pimpollo hawaiano con las etiquetas todavía pegadas en la gorra de béisbol. Salvo alguna concesión puntual, es fácil darse cuenta de que en este blog se es más de guitarreos de post-tatcherismo industrial que de falsos ídolos con ukelele, por no hablar de la querencia del que escribe hacia el Palacio de los Deportes de Felipe II respecto al de Toros de Carabanchel, aunque durante estos últimos días madrileños ambos se puedan confundir por el poder ecualizador de la basura. Nada une más a los madrileños  de uno y otro lado de la M30 que la mierda común, nuestra mierda común.
Valiente osadía la de Arctic Monkeys, yo nunca me habría atrevido a tocar en el mismo recinto en el que dos días antes el Real Madrid fraguó el mayor espectáculo que se ha visto en una cancha europea de baloncesto desde hace varios años. Corrían el riesgo de que el Chacho todavía estuviera lanzando alley oops por allí y les cayera Slaughter sobre las cabezas. Corrieron el riesgo y ganaron. A las ocho abrieron las puertas y las acongojadas risas de los desheredados sonaron en los salones de palacio. Tal era la parsimonia de la masa para entrar que no pude ni llegar a los Torreznos, así que el pre-concierto se tuvo que desplazar al Museo del Jamón, ese pasadizo acristalado y con forma de chicane en que la senectud de la calle Alcalá se consume en una nube de humo de Ducados negro, y en el que despachan una cerveza tan insultantemente barata que uno acepta estoicamente morir intoxicado allí dentro. Pero no.

El comienzo del show fue el más salvaje que yo haya visto, encadenando Do I wanna know? (el mejor riff de guitarra desde Back in Black, el más oscuro desde Iron Man) y Brianstorm. El enérgico arranque espantó a los hijos del rey y encendió a las chicas del rock, que no esperaron ni a la tercera canción para quitarse el sostén. No hubo ni el más mínimo respiro hasta la pausa antes de los bises; apenas si duró cinco segundos la transición más larga entre canciones. Sonó, y muy bien, todo lo que tenía que sonar. Hasta Reckless Serenade, la serenata temeraria que no sale de mi cabeza. Se prodigaron en el repertorio del AM, que son las siglas de la propia banda pero también de Amplitud Modulada, motivo por el que la portada del disco es una banda senoidal en que las ondas tienen amplitud oscilante y frecuencia constante, o eso me dijo un ingeniero del ICAI.


También hubo espacio para el Suck it and See y para las melodías laboristas de los primeros discos de la banda. Por deferencia del Duderino, también llamado el Subsuelos, he aquí una lista de Spotify con el repertorio. Los testigos falsos del Sinedrio vierten hoy sus comentarios precocinados en la prensa oficialista, la socialdemócrata, la foral y hasta en los decadentes panfletos trotskistas. "El ritmo más amable de Arctic Monkeys deja indiferente al público de Madrid", titulan sobre un anuncio de Google que me pide que firme para evitar que se fundan los hielos árticos; antes de que cante el gallo, Pedro, me negarás tres veces. Probablemente los periodistas se equivocaron y se fueron a escuchar a Bruno Mars. Solo en El País y en Rolling Stone he leído crónicas con cierto ápice de objetividad.

Arctic Monkeys es Alex Turner, y Alex Turner es un tipo que ha moldeado su aspecto de manera que lo mismo parece que va a llevarle flores a su abuela en el hospital o que va a recibir los capones en la cabeza a puños del malo de Regreso al Futuro (¿Hay alguien ahí, McFly? ¿Hay alguien ahí?). Bajo su tupé y su chaquetita clara se aloja un talento antiguo construido a ladrillo de barrio obrero de Sheffield. Como Camarón, lleva un viejo por dentro. Ante el beneplácito entusiasta del respetable, Turner puso los cañones apuntando al Palacio de Invierno y desató el incendio en la casa de los zares. En su última canción aún preguntó Are you mine?, pero se fue sin dar tiempo para responder. Se fue porque no quería dormir en la ciudad que nunca se despierta.
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You're the fugitive
and you don't know what you're runnin' from.
You can't kid us
and you couldn't trick anyone.
Houdini, love, you don't know what you're runnin' away from.

Who wants to sleep in the city that never wakes up?
Blinded by nostalgia.
Who wants to sleep in the city that never wakes up?